Nota Breve: 23-F

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7 Responses to Nota Breve: 23-F

  1. Amei dice:

    El jefe de Tejero sigue en La Zarzuela
    Amadeo Martínez Inglés
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=81251

    Sí, sí, el de Tejero, y el de Armada, y el de Milans del Bosch, y el de Torres Rojas, y el de Ibáñez Inglés… y el de todos y cada uno de los implicados en aquél falso golpe militar “a cargo de unos cuantos militares y guardias civiles nostálgicos del anterior régimen”, según la amañada versión oficial mantenida contra viento y marea todos estos años, y que, como la mayoría de ciudadanos españoles sabe a día de hoy (excepto, parece ser, los responsables de TVE y Antena 3), solo fue una chapucera y subterránea maniobra del propio rey Juan Carlos I para salvar su corona de las iras de los generales franquistas que preparaban contra reloj, para el 2 de mayo de ese mismo año 1981, su particular venganza contra él por “perjuro y traidor a los sagrados principios del Movimiento Nacional”.

    Efectivamente, la mal llamada “intentona involucionista del 23-F” (como digo, una esperpéntica maniobra político-militar-institucional nacida y planificada en La Zarzuela) nunca tuvo nada de un verdadero golpe militar: los golpes militares no se inician jamás a las seis de la tarde; ni las fuerzas que intervienen en una de esas acciones ilegales van dando vivas al jefe del Estado contra el que están atentando; ni los tanques que utilizan las unidades rebeldes van completamente desarmados; ni los golpistas dejan libre en su palacio al primer mandatario del Estado para que pueda hablar por teléfono con todo el mundo y hasta salir en televisión (siete horas después, ojo) condenando su acción; ni los dirigentes de un golpe de Estado son tan estúpidos como para llamar por teléfono a la suprema autoridad de la nación, contra la que están actuando, para explicarle sus movimientos futuros y, menos aún, para obedecer sin rechistar sus órdenes; ni los carros de combate rebeldes respetan los semáforos en sus correrías urbanas; ni el jefe de los golpistas lleva en el bolsillo de su uniforme la lista completa de su futuro Gobierno formado, no por personajes de su entorno rebelde, sino por políticos pertenecientes a partidos del propio sistema contra el que está actuando ilegalmente…

    Así que de golpe militar el 23 de febrero de 1981, nada de nada. Muchos españoles ya saben la verdad después de que algún que otro historiador militar (no miro a nadie) se haya pasado media vida investigando esta chapuza histórica para contársela después con pelos y señales a los crédulos ciudadanos de este país. Los que demuestran no estar por la labor, obviamente, son los supremos responsables de TVE y Antena 3 que, sin venir a cuento en este 28 aniversario de aquél triste evento y obedeciendo sin duda sutiles recomendaciones de La Zarzuela en un año ciertamente “horribilis” para su titular, se han sacado de la manga dos engendros televisivos o bodrios históricos (dos mejor que uno), masivamente publicitados, en los que han vuelto a incidir sobre la angelical tesis oficial: el rey Juan Carlos, en aquél recordado día, nos salvó a todos los españoles y a la democracia recién instaurada de los instintos criminales de unos cuantos golpistas sin escrúpulos. Unos golpistas ¡ojo! a los que él conocía muy bien pues hasta entonces habían sido sus validos, sus cortesanos, sus hombres de confianza, sus generales, sus confidentes… los planificadores de sus deseos, vamos.

    Las dos cadenas de televisión, la estatal TVE que, como todo el mundo sabe, obedece perrunamente al Gobierno socialista (en la actualidad el único defensor a ultranza de la monarquía juancarlista) y Antena 3, propiedad del orondo marqués de Lara (muy amigo ¡como no! del monarca) rivalizaron entre ellas (coincidieron hasta en las fechas de emisión) en pretender divinizar nuevamente al “valiente” rey de todos los españoles, insultando con descaro la inteligencia de millones de televidentes al presentar en pantalla unos pretenciosos reportajes pseudo históricos, mal paridos, mal realizados, falsos y ridículos. Con unos generales “golpistas” (Milans, Armada…) que más parecían maestros armeros (con mi mayor respeto para estos modestos profesionales de las FAS) a punto de jubilarse, que autoritarios príncipes de la milicia con mando en plaza; y un general Sabino Fernández Campo descolocado, con aires melifluos de confesor regio.

    De vergüenza ajena, amigos, esta obscena y nauseabunda operación de “rescate” real puesta en marcha por el poder (el gubernamental y el mediático) coincidiendo con la “emblemática” fecha del vigésimo octavo aniversario de la traición borbónica española a sus generales cortesanos. Un operativo mediático ideado, al margen de historiadores y expertos, para tratar de recomponer como sea la desprestigiada figura del rey Juan Carlos, un hombre ya caduco, en el otoño de su vida y de su reinado, acabado física y mentalmente, y que en los últimos años parece haber encontrado en los viajes y saraos fuera de España su razón de vivir. Y de reinar. Por cierto. ¿Hasta cuando vamos a permitir los ciudadanos de este bendito país que este presunto golpista institucional (lo de “presunto” es solo un bondadoso guiño al Estado de derecho) que los españoles tenemos en la jefatura del Estado, con título de rey por deseo testicular del dictador Franco, siga pegándose la gran vida a costa del erario público español (que alimentamos todos los contribuyentes) viajando a destajo por todo el ancho mundo en plan turista de alto standing, con el único objetivo (parece ser) de no aburrirse en su palacio de La Zarzuela una vez que sus genes hipersexuales borbónicos, jubilados por edad, ya no le permiten buscar con ahínco el placer carnal de antaño u otros más llevaderos como la caza de “mitrofanes” a 8.000 euros el ejemplar?

    ¿Pero es que puede ser de recibo en este país que el mismo día que muchos españoles ponemos el televisor para enterarnos por la pequeña pantalla del último dato negro de nuestra economía o de los terroríficos dígitos de la penúltima cifra de parados y víctimas de ERE,s asesinos, tengamos también que deleitarnos con la gordinflera imagen de nuestro monarca “corriéndose de gusto” (perdone el lector esta burda expresión coloquial) en la escalerilla del avión oficial ante las formaciones de soldados/majorettes de Trinidad-Tobago y Jamaica, rindiéndole honores vestidos de lagarterana? ¿Es que tan esencial era para la agonizante economía española estrechar lazos con estas dos grandes superpotencias?

    Ya está bien, majestad, de tanto viaje gratis total y tanto sarao intercontinental. Si quiere turismo institucional, apúntese al Inserso como la mayoría de jubilados de este país. Y no siga jugando con fuego que el horno no está para bollos y aunque su puesto de “no trabajo” figure como indefinido (vitalicio, vamos), las crisis económicas son capaces de trastocar en muy poco tiempo las premisas políticas aparentemente más sólidas. Su abuelo Alfonso XIII ya tuvo puntual constancia de ello en el año 1931, después de que la gran depresión económica del año 1929 acabara por llevarlo en volandas al exilio de Roma. Por si acaso, y perdone majestad por este plebeyo consejo, sería muy conveniente que mientras dure la actual crisis reduzca sus salidas festivas al exterior. Y se dedique en cuerpo y alma a su trabajo abandonado de “moderador de las Instituciones”, que buena falta hace. No vaya a ser que en alguna de esas juergas que se monta por los cuatro puntos cardinales se encuentre, de pronto, con que no tiene billete de vuelta, debiendo quedarse en consecuencia para el resto de su vida…en Las Maldivas, por ejemplo. Que, desde luego, no debe ser ningún mal sitio para vivir.

  2. Amei dice:

    ¿Dónde están las cintas del 23-F?
    Ignacio Escolar
    http://www.escolar.net/MT/archives/2009/02/%c2%bfdonde-estan-las-cintas-del-23-f.html

    Fue una de las primeras decisiones de Francisco Laína, el subsecretario de Estado de Interior que, durante el golpe de Estado de Tejero, dirigió el Gobierno: grabar todas las conversaciones telefónicas que salieron y entraron desde el Congreso de los Diputados en esas cruciales horas. ¿Dónde están esas cintas? Nunca más se supo de ellas. “Cuando llegamos al Gobierno en 1982, esas cintas habían desaparecido”, dijo hace unas semanas Alfonso Guerra, en un encuentro digital en 20minutos.es. “No sé si alguien se las llevó o fueron destruidas”.

  3. Amei dice:

    23 F: El día más difícil del Rey.
    Javier Fernandez
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=81389

    23F, el día más difícil del Rey es una a (1). Pero también, como espero poder demostrar, es dos cosas más: la consolidación de una imagen pública creada y una ficción familiar televisiva.

    Breve cronología

    En 1947, la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado define la forma política del estado Español como reino, y otorga a Franco -como Jefe de Estado- la potestad de elegir sucesor, con el título de rey o regente, en cualquier momento. En 1948, Juan Carlos de Borbón, el nieto de 10 años de Alfonso XIII es recibido en el Pardo por el dictador y da comienzo su educación según los deseos de Franco.

    En 1953 se estrena Vacaciones en Roma.

    Con el Plan de Estabilización de 1959 se inicia a la etapa desarrollista del tardofranquismo en España. En 1961, tras un accidente de caza, Franco comienza a considerar seriamente la necesidad de nombrar un sucesor.

    En 1962 se estrena La gran familia. Su secuela, La familia y uno más, llega a los cines en 1965.

    En 1969, Franco escoge a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la jefatura del Estado; ese mismo año, el ahora Príncipe jura fidelidad a los principios del Movimiento en las Cortes.

    De la monarquía absoluta a la constitucional: el caso de España

    Desde Kantorowitz (2) sabemos que una de las principales fuentes de legitimidad para la monarquía durante la edad Media y la edad Moderna era la disociación, en dos realidades diferenciadas, de la figura del monarca: como institución eterna e inmutable, por un lado, y como encarnación terrena y temporal de esa misma institución, por otro. Este eficaz sistema permitía que el comportamiento tiránico o pusilánime de algunos reyes no empañara el oficio sagrado e instituido por Dios de la monarquía. También frenaba las ansias de rebeldía de nobles levantiscos y campesinos hambrientos en situaciones de vacío de poder, como las minorías de edad de los reyes o las regencias. En líneas generales, podríamos decir que hasta la Revolución francesa, la monarquía era el sustento simbólico de cada monarca particular, el cual se apoyaba en la tradición secular de la institución y en la gran cantidad de doctrina política que se había construido en torno a ella para afianzar su poder temporal.

    Cuando los valores de la Ilustración triunfan, el carácter sagrado de la monarquía es el primero en caer. Ya hubo antes otros reyes ajusticiados, pero cuando se ejecutó en la guillotina a Luis XVI, el verdugo anunció a las masas su nombre de esta manera: citoyen Louis Capet. El rédito político de esa ejecución fue mucho más allá que el de un mero magnicidio: constituyó la liquidación del Antiguo Régimen. Antes de que la cuchilla segara el cuello del rey, la Francia revolucionaria había degradado al monarca a mero citoyen, ciudadano. Y así la Ilustración demostró, tras mucho esfuerzo, que el rey era uno más.

    A partir de entonces podría haber monarcas, pero la monarquía en su sentido clásico, sagrado e intocable había desaparecido. Los estados burgueses permitirían la existencia de monarcas siempre y cuando estos basaran la legitimidad de su poder en otro lugar muy distinto: el constitucionalismo, el parlamentarismo o las reglas del juego político. Entre otras razones, de esta forma pudo pervivir la monarquía en Inglaterra: incardinándose con fuerza en la protección del Estado, de un Estado que debía servir como árbitro para el turnismo político y como garante del orden constituyente, previo y anterior al ejercicio de la gestión gubernamental.

    En España, en cambio, la situación fue muy otra. La inestabilidad política impidió en todo momento que la monarquía se atribuyera ese papel, y su legitimidad quedó en manos de la tradición –propia del Antiguo Régimen-, hasta tal punto que el intento más serio para adoptar el modelo inglés durante la Restauración acabó provocando el colapso del sistema político y el advenimiento de una dictadura -la de Primo de Rivera- con la connivencia de Alfonso XIII. Con estos antecedentes, y el larguísimo espacio de tiempo que media entre 1931 y 1975, a la muerte de Franco la monarquía en España necesitaba reinventarse.

    Como institución, estaba plenamente desacreditada: el último rey había tenido que exiliarse ante la presión popular tras caer la dictadura que él mismo instigó. Y a pesar de que las fuerzas conservadoras habían “vencido” en la Guerra Civil, Juan de Borbón vio sus derechos al trono impedidos por un militar: ni siquiera entre la derecha en el poder se hacían concesiones a la monarquía. Como árbitro del juego político y garante del orden, algo que la monarquía nunca había sido, estaba completamente excluida.

    Pero esta situación tenía también ciertas ventajas, más concretamente dos. En primer lugar, la necesidad de reinventar la monarquía sin el estorbo de una tradición heredada permitía hacerlo en los términos exactos para que se consiguiera maximizar el apoyo popular. Esto es lo que he llamado la creación de una imagen pública. En segundo lugar, el truncamiento de la línea dinástica permitía una refundación del linaje real que convenía muy mucho a la legitimidad de la monarquía. Esta segunda ventaja es, creo, la que explica por qué 23F sólo podía realizarse desde el prisma de la ficción familiar.

    La creación de una imagen pública

    Crear la monarquía posfranquista fue una cuestión de imagen pública. Reinstaurar el modelo monárquico sin apoyo tradicional ninguno implicaba una inversión absoluta de los principios que la tradición monárquica usaba para apuntalar la legitimidad de la Corona. Pero esa inversión ha resultado ser, precisamente, la que ha garantizado en un espacio breve de tiempo la consolidación de una imagen pública intocable e inviolable.

    Mencionaba antes el estreno de Vacaciones en Roma en el 53: no en vano, es una película en la que se trata, de manera mucho más amable, de la liquidación de la tradición. La princesa Ann de la película (Audrey Hepburn) escapa del encorsetado mundo de palacio para vivir aventuras junto a un periodista americano (Gregory Peck) bajo el nombre -deliberadamente anodino- de Anya Smith. La princesa Ann era a Luis XVI lo que Anya Smith al citoyen Louis Capet. En 1956, Grace Kelly se casaba en Mónaco con el príncipe Rainiero: una actriz emparentaba con la realeza, y la realeza emparentaba con el cine. Empiezan entonces a multiplicarse las historias sobre los miembros de una familia real como individuos atrapados por el peso hereditario de la monarquía y que sólo ansían la liberación de los protocolos y la posibilidad de vivir una vida más sencilla: tal mitología aún pervive hoy (como en la tragedia de Lady Di tal y como nos ha sido contada, o la reciente e infame película Princesa por sorpresa). Los valores de la Ilustración, elevados ya a rango de axioma natural, previo a toda reflexión crítica, podían permitirse una mirada piadosa hacia la monarquía. Efectivamente, el rey es uno más (y, en algunos casos, uno más -Grace Kelly, Letizia Ortiz- puede estar cerca del rey) Y esto, que durante siglos fue un arma para desalojar al trono del poder absoluto, hoy se convierte en un puntal más de su legitimidad.

    Si algo define a la cultura de masas en su vertiente de culto a la personalidad es la empatía, la identificación plena de los adoradores con la figura pública. Conocer su casa, su familia, su desgraciada historia sentimental, sus planes de futuro o su agenda dominical. El apoyo a una figura pública requiere de esa especie de anagnórisis catártica que permite reconocer en el admirado líder los rasgos de nuestra propia figura.

    Así pues, en España, se fue construyendo a partir de la transición una imagen pública del rey que orbitó en base a estos principios de identificación y acercamiento. Su llegada al poder, su asunción de la jefatura del estado, su compromiso con la apertura del régimen y su actuación en el 23F son las razones políticas que se dan para justificar el abrumador apoyo que recibe el monarca hoy. En mi opinión, esto es matizable: el esfuerzo propagandístico de creación de imagen fue simultáneo a esas -cuanto menos no tan decididas y valientes- decisiones políticas y tuvo una fuerza que rara vez se tiene en cuenta y que permite afirmaciones tan usuales como las de que el Rey es campechano o el inaudito blindaje mediático que existe en torno a la familia real.

    Sin embargo, la afirmación que en mi opinión resume los ejes de la reinstauración de la monarquía en España es una habitual de nuestras tertulias televisivas: yo no soy monárquico, soy juancarlista. Esto es, exactamente, la inversión del proceso descrito por Kantorowitz: entonces la monarquía -como institución- legitimaba al monarca -como individuo-. Hoy, el individuo legitima a la institución. El esfuerzo publicitario centrado en la persona de Juan Carlos de Borbón fue tan poderoso como para poder resucitar una entidad política desacreditada, enfangada por la historia y desdeñada hasta por la propia derecha. Y el secreto de su imposición sin apenas disenso a treinta años de la Transición no estriba tanto en la figura del Rey como hombre de Estado, sino en su figura como hombre del pueblo.

    Familia y monarquía: la ficción familiar

    La monarquía es una institución doméstica, que organiza sus labores de representación en torno a una férrea estructura familiar. En primer lugar porque la existencia de una familia real es garantía de la continuidad del orden establecido -al asegurar la sucesión- y en segundo lugar porque la familia “extensa” de esa figura patriarcal que es el monarca (el pueblo) exige un microcosmos familiar en el que ver reflejadas las características positivas de su rey: o dicho de otro modo, sólo mediante la comprobación de lo “buen padre” que es el rey alcanzamos a comprender cómo puede ser también un “buen padre” para el pueblo, o para nosotros. Y viceversa.

    Ahora bien, en esa labor de refundación de la monarquía que se produce en España tras la muerte de Franco, el modelo familiar que mayores beneficios políticos podía ofrecer a la aún tambaleante institución de la corona era bien distinto al de las tradicionales casas reales europeas. En este caso ya no se trataba tanto de la majestad como de la familiaridad, puesto que esa nueva imagen de cercanía que se venía imponiendo desde Zarzuela lo implicaba. Si el Rey era uno más, su familia también debería ser una más. Y él, un padre más. Nuevamente se produce la inversión de un principio tradicional de legitimidad monárquica: la exclusiva superioridad de la casta reinante, con sus enlaces dinástico-familiares y sus atribuciones sobrehumanas se transmuta en la naturalidad y la sencillez de una familia que es como tu familia o como mi familia con la única salvedad de que en lugar de en tu casa o en la mía viven en un palacio.

    La gran familia , esa película que expresa en sí misma todos los valores familiares del franquismo desarrollista (empezando por la alta productividad… de hijos) nos ayuda a comprender el modelo que, estratégicamente, le convenía seguir a la familia real en la configuración de su imagen pública. Y ese modelo incide sobre todo en una suerte de adaptabilidad esencialista que garantiza que, aunque el contexto social cambie, los valores familiares respetados y amados por todos permanezcan inmutados. No podía ser de otro modo en la década de los 60, con la progresiva aceleración de procesos históricos y sociales que, sin embargo, no pueden afectar a la familia como institución. Este modelo familiar será el núcleo de las sucesivas ficciones familiares cuya estructura puede resumirse así: todo conflicto dramático o narrativo debe tratarse en el núcleo de la organización familiar. Todo problema social, por ende, se filtra a través de la familia. En España, el modelo ha tenido continuidad: desde Médico de Familia hasta la más reciente Cuéntame, las ficciones familiares han permanecido como uno de los principales productores de roles de nuestro sistema cultural.

    Ahora bien, ambas características son de mucho interés. En primer lugar, la capacidad de una institución para adaptarse a los cambios externos sin variar en esencia su funcionamiento y estructura tradicionales es algo que tanto el modelo familiar al que aludo como la monarquía española refundada tienen en común: es natural, por tanto, que se diera entre ambas una unión sin fisuras. Por otro lado, el modelo televisivo de la ficción familiar permeará enormemente en la imagen pública de la familia real, hasta tal punto que 23F beberá directamente de códigos televisivos manidos para relatar la intrahistoria familiar de un golpe de Estado.

    23F: El día más difícil del Rey

    Es con estos dos ejes en mente (la creación de una imagen pública y el modelo de ficción familiar) con los cuales creo que cabe enfrentarse cabalmente a esta producción televisiva. Ambos rasgos aparecen nítidamente en los diez primeros minutos de metraje. Así, la primera escena es un desayuno en la Zarzuela. El rey, su esposa y sus hijos están sentados alrededor de una mesa no excesivamente protocolaria. Abundan los besos y las carantoñas, las encantadoras caras de sueño de los niños, la charla insustancial de los padres. Los conflictos son escasos: al joven Felipe le han encargado una redacción en el colegio y su padre se presta a ayudarle con los deberes. Una de las dos infantas, rozando ya la adolescencia, protesta por no poder ir a una fiesta. Sofía recela, aunque el rey admite que inevitablemente los niños crecen muy rápido. Felipe no oculta su alegría porque esa mañana su madre podrá llevarles al colegio. Antes de marcharse los niños besan afectuosamente a su padre y éste se permite un pellizco amable y afectuoso a la reina. Son, sin duda, una familia (televisiva) como cualquier otra.

    La segunda escena nos muestra al rey en su despacho con el jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo. Tras una llamada del general Armada al rey, Fernández Campo muestra su desconfianza hacia el militar. Dice: “Desconfío de los militares que se meten en política. Ya hemos tenido bastante de eso en este país”. (Sabino Fernández Campo, por otro lado, es general; el rey, Capitán General de los tres ejércitos). El rey responde diciendo que a él y a su familia también les han hecho los militares mucho daño, y que no nació en Roma por gusto. Es una frase rápida que puede pasar desapercibida y lo más probable es que el guionista no fuera consciente de lo que estaba poniendo en boca del monarca en ese momento. Pero analicemos despacio sus implicaciones.

    Alfonso XIII se exilia en 1931 y naturalmente también su hijo Juan, heredero al trono. Es la llegada de la República la que aleja a los Borbones de España, y la que, en última instancia provocará que Juan Carlos nazca en Roma en 1938 (3). Sin embargo, tal y como está planteada la conversación en 23F, parece que se asimila la historia del rey a la de otros exiliados, los republicanos. Lo cual es una pirueta inconsciente maravillosa, pues convierte a Juan Carlos, sucesor de Franco, en algo así como un republicano exiliado, y permite entroncar históricamente la ya de por sí mitificada II República con la no sé si más mitificada monarquía posfranquista.

    Por supuesto, este desliz sólo tiene sentido en un producto televisivo que es la culminación de un proceso de creación de imagen que ha convertido al rey en alguien asimilable a todo lo “históricamente” bueno –como la República, el constitucionalismo, la democracia o la campechanía-, aunque eso produzca dislates de gran calibre.

    Lo que queda claro es que una serie como 23F sólo puede realizarse una vez que esa creación de imagen ha concluido con éxito y ésta se ha impuesto como la hegemónica en la cultura y la percepción histórica de los españoles. En este sentido, la serie no se crea como un intento propagandístico, sino como un relato pos-propaganda, una crónica realizada por y para gente que ha asimilado, mucho tiempo atrás, la propaganda ejercida desde Zarzuela. Y por eso, 23F es un producto cultural mucho más interesante que un panfleto hagiográfico, porque muestra cómo nos contamos lo que nos pasa: no propone ni publicita; asegura y reafirma.

    En este sentido, la historia de 23F es ejemplar. Si la idea generalizada es que ese día el rey salvó la democracia, la serie intentará contarnos exactamente eso. Por eso su clímax no es el fracaso del golpe de Estado, con los guardias civiles abandonando el Congreso, sino el discurso televisivo del rey, su apoteosis místico-democrática. Una vez llegado este momento, la serie (subtitulada El día más difícil del Rey) sólo puede terminar: todo el esfuerzo dramático ha llevado a ese momento en el que el rey vuelve a tomar las riendas del Estado, pone orden en su casa y después se va a dormir (4).

    Pero el día más difícil del rey fue también aquel en el que sufrió ciertas traiciones personales. Como decía antes, el modelo de ficción familiar exige que todo problema social sea filtrado por lo familiar, por lo privado, y 23F no es una excepción. Así, la serie nos muestra el devastador efecto emocional que tuvo en Juan Carlos descubrir que el cerebro tras el golpe era el general Armada, al que consideraba amigo personal, y, por otro lado, su justa indignación ante el hecho de que los golpistas arguyeran actuar en su nombre.

    Respecto al primero de los casos, el de la traición del amigo, se nos repite en varias ocasiones a lo largo de la serie que para el rey es muy difícil tener amigos. Como la princesa Ann de Vacaciones en Roma, debajo de la corona hay un individuo normal con necesidades normales, como la amistad. El tópico de la figura de poder solitaria planea durante toda la serie, mostrando al hombre de Estado cargando sobre sus espaldas, a la vez y con estoicismo, la responsabilidad de su cargo y la soledad que éste apareja: así la última escena de la serie, una vez acabado el discurso, muestra al rey uniformado, de pie junto a la mesa en la que acaba de mostrar su rechazo al golpe, fumando taciturno un cigarro en la habitación vacía.

    El segundo de los casos es más dramático: el hecho de que los golpistas invocaran constantemente el nombre del rey. Lejos de extrañarnos porque los golpistas (sin sondear a la casa real, sin tener ni idea de la posible reacción del monarca) creyeran que el rey apoyaría su toma del poder, o de parecernos, por tanto, incoherente la explicación de que la tardanza en dar un discurso televisado hubiera sido consecuencia del miedo a que los golpistas tomaran la Zarzuela (5), 23F nos invita a indignarnos con el Rey, a mostrar toda nuestra civilizada rabia democrática ante el uso fraudulento que daban los golpistas a un nombre limpio.

    Esa reacción visceral puede radiografiarse así: los golpistas dicen actuar en nombre del rey, mientras que el rey acude al respeto a la cadena de mando para dictar contraordenes que frenen el golpe de Estado. En consecuencia, la confrontación no se hace esperar, y 23F la resuelve del modo más dramático posible. En una llamada del rey a Milans del Bosch, éste asegura enfurecido que no consentirá el golpe de Estado y que si quieren hacerle callar tendrán que ejecutarlo. Por supuesto, no hay constancia de tales palabras: es una licencia narrativa, pero funciona estructuralmente como el momento en el que la confrontación entre el rey y los golpistas se materializa y produce por fin una resolución del conflicto, que, así planteado, no deja de ser un problema de incomunicación. Por lo general, los golpistas de 23F son personajes que rozan la caricatura (como Milans, interpretado por José Sancho); esta impresión se acentúa con el uso maniqueo de la música (el mismo tema siniestro cada vez que aparecen los conspiradores), la iluminación (oscura y asfixiante en los despachos de los militares golpistas o en el congreso donde Tejero espera la llegada de la autoridad militar superior) o la escenografía (hay un interesante juego de banderas: la constitucional aparece en la Dirección General de Seguridad y en la Zarzuela; la franquista, en los despachos de los militares), hasta el punto de dibujar a los golpistas como individuos enajenados, que no comprenden el alcance del cambio que se está produciendo en España y que han malinterpretado las intenciones democráticas del monarca.

    Ésta, por supuesto, es una explicación simplista para lo que fue el 23F, pero está bastante extendida y en la serie funciona a costa de apoyarse en peligrosos sobreentendidos, el más flagrante de los cuales es el uso patrimonialista del ejército que se muestra. Y es que, por mucho que el artículo 8 de la constitución atribuya a las Fuerzas Armadas la responsabilidad de mantener el orden constitucional, en la serie parece que su cometido es obedecer ciegamente al rey. El golpe de Estado no es una traición por parte de algunos militares a su papel dentro de un estado de derecho, sino una traición a su comandante supremo. Y, en consecuencia, la idea que ha pervivido desde el 81 es que el rey usó algo que era de su propiedad para parar un golpe de Estado y devolvernos a la normalidad democrática. Nadie dice que aunque el rey hubiera apoyado a los golpistas el golpe habría seguido siendo ilegal; no, la grandeza del monarca, al parecer, estriba en que pudiendo usar al ejército (a un ejército patrimonializado) para afianzar su poder, resistió la tentación y nos regaló la democracia.

    Pero como he dicho antes, todas estas ideas preconcebidas y “axiomas” históricos ya existían: 23F se dibuja sobre ellos como Cuéntame se dibuja sobre la mitología de la Transición. En nuestro caso, dependen exclusivamente de ese proceso de creación de imagen que tuvo en los primeros años de su reinado especial importancia, y en consonancia, 23F recurrirá a las emociones del monarca (la traición del amigo, la indignación por la usurpación de su nombre) para relatarnos un proceso histórico complejo. No es la única concesión: antes hablaba del modelo de ficción familiar, y 23F es un ejemplo de manual. El gran problema político del golpe de estado se convierte en un problema personal, y, por tanto, en familiar.

    La familia actúa, como en cualquier otra ficción familiar, como sostén del patriarca. Así, son especialmente importantes las palabras de consuelo de Sofía (quien recuerda a su marido que España le necesita en este momento), la llegada de sus dos hermanas al palacio o la lacrimosa llamada de sus padres (a pesar de las tirantes relaciones entre Juan de Borbón y su hijo, en 23F todo parece perdonado porque prevalecen los valores familiares por encima de la realidad política e histórica).

    Pero aun más importante es el aprendizaje que Felipe obtiene observando a su padre. Dado que, como dije al comienzo de la reseña, en España es hoy el monarca el que legitima la monarquía, cada rey requerirá de un proceso de creación de imagen propio e individualizado que permita justificar su posición. El de Felipe, futuro monarca, bien puede empezar como nos lo muestra 23F: observando, arrobado, el discurso de su padre ante las cámaras.

    Notas:

    (1) La cadena ha colgado los dos episodios en los que está dividida la serie en su página web.

    (2) E. H. Kantorowicz, Los dos cuerpos del rey: un estudio de teología política medieval, Madrid: Alianza, 1985.

    3.

    En realidad la frase tendría mucho más sentido si se aclarara que Juan de Borbón fue enviado por Alfonso XIII a España en cuanto se produjo la rebelión militar del 36 con el objetivo de unirse a los fascistas. Si el general Mola no hubiera detenido al entonces príncipe de Asturias en Burgos y lo hubiera vuelto a expatriar, entonces el joven Juan Carlos podría haber nacido en España. Pero no creo que el guionista hilara tan fino como para querer poner en boca del Rey: “Los militares nos han hecho mucho daño a mí y a mi familia, como aquella vez en la que intentamos unirnos a un golpe de Estado fascista y los propios golpistas no nos dejaron”.

    (4) No fue el único. Es común, en los relatos de aquel día, oír eso de que una vez escuchado el discurso del Rey, la gente se fue a dormir tranquila. El último al que se lo he leído es al presidente del gobierno. Lo curioso es que ninguno aclara si el alivio que sintió fue por ver que el Rey no apoyaba el golpe. Lo cual, de ser así, diría mucho de la confianza que en aquel momento se tenía en el monarca.

    (5) Explicación que aun siendo cierta es preocupante, porque implica que el Rey habría preferido no posicionarse para salvar la integridad de su familia y la suya propia mientras los golpistas tomaban el Congreso, sacaban los tanques a la calle e intentaban instaurar un nuevo modelo de Estado en el que –sin duda- la represión contra los disidentes habría sido elemento esencial.

  4. Amei dice:

    La continua promoción del rey
    Vicenç Navarro
    http://blogs.publico.es/dominiopublico/1143/la-continua-promocion-del-rey/

    Durante mi largo exilio viví en tres países; dos eran monarquías (Suecia y Gran Bretaña) y uno era una República (EEUU). En Suecia pude leer artículos críticos del monarca y de la Monarquía sin que ello fuera motivo de escándalo o reprobación en una cultura profundamente democrática. En Gran Bretaña, la reina era sujeto de fuertes críticas a las que ella y su familia eran vulnerables por sus abundantes limitaciones personales. Y en EEUU pude ver de una manera muy directa (cuando estuve trabajando en la Casa Blanca, ayudando a Hillary Clinton en su intento fallido de reforma sanitaria) cómo el presidente Bill Clinton era criticado e insultado en todos los medios de información, que le pusieron verde (y con razón) por su comportamiento con la becaria Monica Lewinsky. El escándalo mayúsculo fue el comportamiento del presidente, no la crítica generalizada y los insultos que aparecieron en los medios.

    Cuando volví del exilio a España, sin embargo, apenas había artículos críticos del monarca en los medios de información, y ello a pesar de sus muchas vulnerabilidades, tanto en su origen (basado en el régimen dictatorial anterior) como en sus comportamientos. Aunque algunos amigos y asesores económicos del monarca han terminado en los tribunales de Justicia, no se publicaron artículos en los mayores medios de información analizando las conexiones de la Casa Real con tales señores. Este desinterés por averiguar las conexiones del rey con los que habían sido sus amigos apareció también con su amigo Alfonso Armada, máximo dirigente del fallido golpe militar del 23-F. En realidad, no sólo ha habido una ausencia de crítica y escrutinio, sino que ha habido una promoción muy intensa del monarca y de la Monarquía. La última es el programa de TVE-1, El día más triste del rey, que ha sido evaluado por los mayores medios de información y persuasión como “un gran documental”, “veraz en su exposición”, “que describe las enormes virtudes del rey y de su familia”, “mostrando su talante democrático” que, por segunda vez en su vida, nos trajo la democracia a nuestro país.
    Y así continuamos. El último ejemplo es el artículo del conde de Sert “El rey que España necesita”, publicado en La Vanguardia (09-03-09), diario que, a pesar de promocionarse como defensor de la diversidad democrática, nunca ha publicado un artículo crítico con la Monarquía en España. En tales artículos, la historia de nuestro país continúa siendo tergiversada a fin de promocionar a la Monarquía, ignorando la historia real del país. De ahí que la juventud desconozca que no fue el rey, sino las enormes movilizaciones populares, y muy en especial de la clase trabajadora, las que forzaron los cambios democráticos en España.

    Es conocido fuera, pero no dentro de España, que las movilizaciones obreras fueron determinantes en el establecimiento de la democracia. En 1976, año decisivo de la transición, hubo 1.438 días de huelga por cada 1.000 trabajadores (el promedio de la Comunidad Europea eran 390 días). Y un tanto igual ocurrió en los sucesivos años. Tales movilizaciones pusieron a la defensiva a la nomenclatura franquista liderada por el rey, el cual se apercibió de que no podía mantenerse en el trono sin realizar cambios en el sistema político. Las primeras propuestas de democratizar aquella dictadura, sin embargo, fueron escasamente democráticas. Detrás de cada uno de los cambios de aquellas propuestas hubo enormes movilizaciones populares. No es, pues, cierto el mensaje dominante que han transmitido los medios de información y persuasión de que el monarca era un demócrata que fue desarrollando su proyecto democrático. Mantenerse en el trono exigía su adaptación a las presiones populares que, junto con presiones internacionales, fueron los motores del cambio.

    La negación de este hecho ha debilitado enormemente la cultura democrática del país, reproduciendo esta visión mesiánica de cómo se realizó aquel cambio histórico. Las derechas (con complicidad de algunas izquierdas) siempre ven la historia como resultado de las decisiones de grandes hombres (y de ocasionalmente alguna mujer) que configuran el destino de los pueblos. Esta falsedad ha empobrecido enormemente la cultura democrática del país, al presentar a la población española como un agente pasivo en el desarrollo de su propia historia. Y tal visión de lo ocurrido ha reforzado el enorme dominio que las derechas (la Monarquía, el Ejército, la Iglesia, la banca, la Patronal y los medios conservadores) tiene en España, dominio que es responsable del gran retraso político, económico y social del país. Un indicador de ello es que España continúa hoy, 32 años de democracia, a la cola del gasto público social por habitante en la UE-15

    Y este bloque de poder se reproduce a base de un sistema político en el que la Monarquía juega un papel central. En realidad, la enorme movilización del establishment económico, político y mediático del país para ensalzar la Monarquía, se basa en esta realización. Saben que la aparición de voces críticas haría resquebrajar aquel enorme entramaje, perdiendo rápidamente su aparente solidez. Si el sistema monárquico fuera tan sólido como indican, permitirían voces críticas en los medios, tal como ocurre en Suecia y Gran Bretaña. No así en España. Si la historia real de los hechos del 23-F hubiera sido tal como muestra el documental de TVE-1, ¿por qué entonces las Cortes españolas no permitieron que se estableciera una comisión parlamentaria para analizar responsabilidades de aquellos hechos tal como hubiera ocurrido en cualquier sistema democrático? Si el rey se comportó tal como indica el documental, tal comisión hubiera supuesto un enorme aval democrático a la Monarquía. El que tal comisión no se estableciera parecería indicar que la estructura de poder consideraba aconsejable ocultar algo que todavía se desconoce.

    Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra

    Ilustración de Mikel Casal

  5. Amei dice:

    Auptosia del 23-F
    Jose A. Gonzalez Casanova
    http://blogs.publico.es/dominiopublico/1291/autopsia-del-23-f/

    La Anatomía de un instante, de Javier Cercas, bien pudiera titularse Autopsia del 23-F, porque este magnífico libro coincide en su método con otras acepciones del vocablo: “Visión con los propios ojos”, “examen de un cadáver para investigar las causas de su muerte” y “análisis minucioso de cualquier cosa”. Cercas se basa para su detallado análisis del 23-F, con sus causas y efectos, en la imagen televisiva de un instante histórico, el asalto al Congreso, y lo eterniza en su íntima y ambigua verdad. Su visión no es subjetiva. Es muy propia, pero tan apropiada como apropiable. Historiadores y politólogos no nos hemos curado aún de nuestro predominante interés por las estructuras sociales y políticas (hecho necesario tras una historia de monarcas y batallas) y tendemos a minusvalorar el factor psicológico en el drama político. ¿Puede explicarse la era franquista sin el psiquismo del astuto y mediocre general que le dio nombre? Cercas es aún más objetivo e imparcial que otros analistas del 23-F, pues trabaja con datos idénticos, pero se abstiene de justificar o condenar el golpe en función de prejuicios, tópicos o bulos. Su autopsia penetra en el corazón de las tinieblas que acortinan la trama. Usa la intuición para atravesar la imagen de TVE, para imaginar el suceso desde la psique de los actores. No es fantasía novelera, sino novela psicológica cervantina, en la que no importan tanto los hechos como saber por qué se realizan. La fotografía deviene radiografía.

    Su intuición imaginante revela el carácter trágico del drama político. La tragedia griega oscila entre el fatalismo de Esquilo y el libre albedrío de Eurípides. En el punto medio, Sófocles. La libertad estriba en construir duramente el destino personal dialogando con otros y reaccionando ante los golpes de la Fortuna. Cercas, como el griego, funde su análisis racional de impecable lógica con la percepción de unas fuerzas oscuras que escapan del mismo y deja que el enigma inicial lo desvele su propio desarrollo. Aporta una visión holística de hechos que, como todos los épicos, ocultan su núcleo trágico incluso con trazos operísticos. Grecia vio la tragedia como un rudo diálogo entre egos (¡cuántas palabras se intercambiaron durante el 23-F!) y un forcejeo de fuerzas en donde el exceso de ambición es un bumerán que derriba al desatinado. La meta de la tragedia es la catarsis: limpiar el alma u otras acepciones idóneas para el
    23-F, eliminación de substancias nocivas para el organismo o de recuerdos que perturban el estado psíquico. El Ejército, tras esa fecha, depuró su mentalidad y olvidose de su idolatría franquista. El psicodrama del rey logró en minutos lo que un manual de Derecho Constitucional hubiera tardado años.

    Desvelados los sentimientos que anidaban en los héroes de la conspiración (celos, desprecio u odio hacia Suárez) y en los constitucionales (redención, sacrificio, firmeza democrática civil y militar), Cercas nos hace evidentes sus conductas ambiguas, llenas de matices, pero más reales que las pintadas en un maniqueo blanco o negro. Vivisecciona, a lo Shakespeare, la capacidad humana de autoengaño y de disfrazar de nobles ideales (patria, monarquía, democracia) deseos inconfesables.

    Según el autor, el más honesto sería Tejero, por ingenuo y primario. Él es quien hace fracasar el Golpe de Armada, un traidor que sólo buscaba mayor poder. Tras él, el rey, manipulado por su antiguo tutor hasta que descubre su traición, es el que pone firmes al generalato y no cae en el error de su abuelo y su cuñado griego. Asienta así una monarquía parlamentaria (o república coronada) frente a la falsa república autoritaria de la derecha ex franquista. Cercas aún logra algo más: simbolizar en la pugna de unos sentimientos demasiado humanos nada menos que un momento arquetípico de la España eterna. En el contexto político-social del 23-F, circunstancia apropiada para el drama, se ordenan, clasifican y relacionan conductas personales según un juego de correspondencias simbólicas.

    El punto de partida es la clave de todo el proceso. Sólo Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo se mantienen erguidos pese a los balazos. Un trepador del franquismo más un golpista del 36 coinciden con un republicano comunista que dedicó su vida a combatirles. Los tres encarnan la transición democrática porque han abandonado sus trincheras durante el régimen anterior. Frente a ellos, Tejero reencarna a un Franco idealizado; Milans, a sus antepasados monárquicos, maniacos del pronunciamiento, y Armada, al cortesano canovista con ambición de valido, que denuncia al rey el exceso de democracia. Los tres prolongan la tradición militar golpista del pasado. La tragedia es, por tanto, la perpetua de las dos Españas. Pero Cercas desvela con su autopsia del 23-F que a la tercera va la vencida y que la vencida es la Guerra Civil. Entre siete héroes trágicos, cada uno en su papel libremente elegido, la habrían enterrado para siempre.

  6. Amei dice:

    Las llamadas perdidas del 23-F
    Ignacio Escolar
    http://www.escolar.net/MT/archives/2009/04/las-llamadas-perdidas-del-23-f.html

    Estoy leyendo Anatomía de un instante, el ensayo sobre el 23-F que acaba de publicar Javier Cercas. El libro es muy recomendable: es riguroso y está bien hilado. No hay en él, y así lo admite el autor, grandes novedades sobre lo que ya se sabe y se ignora de aquel golpe de estado: no hay documentos inéditos ni exclusivas reveladores, sólo una excelente narración de los hechos (que no es poco ni sencillo). El mayor misterio está descrito en el prólogo, un tema que ya he comentado alguna otra vez en este blog: las conversaciones telefónicas de las líneas del Congreso durante el golpe; horas y horas de grabación de las que nunca más se supo. Transcribo lo que Cercas cuenta sobre ellas en un interesante pie de página de su libro (y de la historia).

    “Igual que si aspirara a ser un libro de historia, éste parte de la primera evidencia documental del 23 de febrero: la grabación de las imágenes del asalto al Congreso; no puede usar, en cambio, la segunda y casi última evidencia: la grabación de las conversaciones telefónicas que tuvieron lugar durante la tarde y la noche del 23 de febrero entre los ocupantes del Congreso y el exterior. La grabación fue realizada por orden de Francisco Laína, director general de Seguridad y jefe de un gobierno de urgencia formado aquella tarde por orden del Rey con políticos pertenecientes a la segunda línea de la administración del estado a fin de suplir al gobierno secuestrado en el Congreso. La grabación o parte de la grabación fue escuchada en la tarde del día 24 por la Junta de Defensa Nacional presidida por el Rey y Adolfo Suárez, en el palacio de la Zarzuela (y seguramente resultó decisiva para que el gobierno ordenara el arresto inmediato del líder del golpe, el general Armada); es posible que también la escuchara el juez instructor de la causa del 23 de febrero, que no aceptó hacer uso de ella en sus diligencias porque había sido obtenida sin el permiso judicial; luego desapareció, y desde entonces no se han vuelto a tener de ella noticias seguras. Hay quien dice que fue destruida. Hay quien dice que, si no fue destruida, sólo puede estar en los archivos del Ministerio del Interior. Hay quien dice que estuvo en los archivos del Ministerio del Interior y que sólo unos años después del golpe desapareció de allí. Hay quien dice que Adolfo Suárez se llevó consigo al salir del gobierno una copia de una parte de la grabación. Hay muchas conjeturas. No sé más.”

  7. Amei dice:

    Presentación de “Deconstruint el 23-F”, un documental político de Xavier Juncosa
    Salvador Lopez Arnal
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=85776

    Hace un par de semanas el amigo Marc Casanovas me pidió que trazara un breve panorama de la situación, del marco político que rodeó al 23-F de 1981, una descripción de coyuntura creo que fueron sus palabras exactas, como presentación del documental que hoy tendremos ocasión de ver.

    No es lo mío, lo confieso… y se lo advierto de paso. Yo me muevo con más tranquilidad, y con más conocimiento de causa, en ámbitos de paradojas o de lenguajes de programación que en territorios tan delicados como el que constituyen “las coyunturas políticas” o “los entornos políticos”. Lo intentaré en todo caso. Creo, quiero, deseo pensar que vivimos tiempos de rebeldía y lo urgente no sólo es, siguiendo a Tarski, urgente sino además necesario.

    Y ya que estamos, hablando de paradojas y de lenguajes, déjenme que les cuente una, una muy significativa, que tiene que ver directamente con el 23-F y que algunos han llamado, probablemente con intención y, en este caso, con bendito lenguaje políticamente incorrecto, la “Real paradoja”. ¿Es un absurdo lógico, o más bien lo contrario, afirmar, preguntan retóricamente los buscadores de aporías políticas, que la institución del Estado que más se benefició y se ha beneficiado hasta la fecha del golpe -de un golpe blando, duro o madurito pero con finalidades poco democráticas, terror, horror y pavor de muchos, y netamente anticonstitucional por otra parte, y del que apenas hemos conseguido saber hasta la fecha la décima parte de sus redes telúricas-, probablemente haya sido una de las instancias del Estado que total o parcialmente ha estado detrás de él -o incluso, si me apuran, delante de él- en algunos momentos destacados de su desarrollo, de su cocción y preparación si queremos usar lenguaje culinario? ¿Qué institución es esa, de qué forma ha intervenido, preguntarán? Tendrán que esperar al documental para extraer sus propias conclusiones pero recuerden el interesante y excelente consejo epistemológico del sabio revolucionario Friedrich Engels: la peor hipótesis –insisto: la peor, incluso la más arriesgada, la más descabellada- es mejor que la falta de hipótesis, que el mudismo o silencio explicativos (1).

    Antes de entrar brevemente en materia, déjenme en todo caso trazar dos breves apuntes sobre el documental y sobre su director. Tengo el honor de haber visto el documental que comentamos en sesión reservada, en pase privado, como los grandes de Hollywood y Bollywood. Fue, si no voy muy desencaminado y tal como quería Jaime Gil de Biedma, en una de esas extrañas comuniones de amistad y acuerdo que la vida nos depara muy de cuando en cuando. Como hablo, pues, con conocimiento de causa, de causa vista, si de mi dependiera, si yo fuera conseller de Educació o similar -no tengo deseo alguno en serlo, no se asusten ni sospechen de mí- ordenaría, o sugeriría más gramscianamente, que en todos los centros de enseñanza de ESO, bachillerato, ciclos formativos y facultades de humanidades o de ciencias, tanto da en este caso, se viera este documental como tarea de instrucción ciudadana esencial. Enseña más, creo no exagerar, que muchos libros serviles sin sustancia, sin guión y, sobre todo, sin punta ni arista críticas. Creo que no sueño ni caigo en ensoñación alguna si les señalo que un seminario centrado en el documental de Xavier, del siempre magnífico y laborioso Xavier, enseñaría más sobre la Historia reciente y no tan reciente de España, de Catalunya, y sobre el verdadero funcionamiento político de las grandes instituciones del país que horas y horas de charla aburrida y anodina, insípida e incolora incluso, sobre cualquier tópico que ustedes puedan imaginarse, y que seguramente ya hayan sufrido en más de una ocasión (Y ahora que lo pienso: ¿incluirán mi intervención entre estas últimas?).

    En cuanto a Xavier Juncosa, creo que acertó Bernat Muniesa, y debo confesarles que me sabe mal no ser yo el autor de la ocurrencia, cuando lo presentó hace un par de meses en la Facultad de Historia de la UB como el gran –o el mejor, no recuerdo con exactitud- cineasta documentalista catalán clandestino. Lo es. Pero no sólo. Es eso y más. Sabe como pocos mirar y ver cine, y yo le envidio por ello porque su inteligencia cinemetográfica me deslumbra; su empeño por causas imposibles es admirable sin coma ni punto matizadores; sus aproximaciones cinematográfico-filosóficas son siempre de enorme altura: piensen, por ejemplo, en los documentales que ha dedicado, entre muchos otros -la lista, como las conquistas hispánicas del Don Giovanni mozartiano es larga, muy larga- a Benjamin o a Pasolini, y finalmente, por no seguir así ad infinitum, su generosidad está probada y demostrada. Yo he sido durante unos tres años ayudante de cámara de Xavier Juncosa. “Ayudante de cámara” quiere decir, en este caso, persona que a veces ayuda a transportar la cámara. Gracias a él, gracias a su generosidad, buen hacer y sabiduría pudo hacerse “Integral Sacristán”. Ni que decir tiene que esa entrada, esa ayudantía de transporte, ese estar al lado de un grande, es el punto que suelo destacar cuando me obligan hablar de mi currículum. Es, como dice la canción, de lo mejor que me ha pasado y lo echo en falta. No puedo ni quiero negarlo.

    Paso ahora a hablarles del 23-F. Déjenme hacerlo de dos formas diferenciadas y espero complementarias, desde un punto de vista general, interrogativo, y desde una perspectiva más concreta, más descriptiva, más detallista.

    Pero antes lo básico, el preámbulo: el 23-F fue un golpe militar noefranquista, fracasado o no en todos sus vértices es una cuestión abierta que en mi opinión es fácil cerrar, un golpe, decía, contra las escasas conquistas populares y ciudadanas del momento. Es la finalidad básica de casi todos los golpes de Estado como saben. El 23-F fue un golpetazo contra la ciudadanía más rebelde que pertenece a la familia de otros golpes de Estado como el que se cometió en 2002 en Venezuela, con el beneplácito de El País y del grupo PRISA, o en Chile ocho años antes de aquel negro mes de febrero hispánico de 1981 (Por cierto, por si habitara el olvido en esa arista: el dictador asesino Pinochet, aquel Jefe de Estado golpista amigo de miss Thachter y mister Friedman, vino con su capa vampírica a la entronización de Juan Carlos I, Jefe de Estado del reino de España, días después de la muerte de aquel otro general golpista llamado Franco, tan admirado por el odiado general fascista chileno).

    Sentado lo anterior, desde un punto de vista general, de reflexión político-histórica, ¿qué dirán los historiadores de aquella intentona grotesca dirigida por un bigotudo y ciertamente muy español-ñol teniente coronel, el señor Antonio Tejero, que recordaba, que sigue recordando lo peor, y es mucho, de la España de charanga y pandereta que, con metáfora no descriptiva, criticaba el gran poeta republicano Antonio Machado? Dirán, en mi opinión, los que no se detengan en la superficie de los hechos y de las imágenes, que no está claro que fracasara en sus objetivos políticos esenciales y que, además, el golpe, y sus efectos políticos, no son sin discusión el punto esencial, sin dejar de ser un innegable punto de inflexión, un mínimo, de la transición política española. Intento explicarme.

    Si ustedes convienen conmigo en que podemos trazar un arco político-histórico que tenga su punto inicial en la designación juancarlista por parte del general golpista a finales de los sesenta y finalice, pongamos por caso, con el referéndum otánico de 1986, como algunos autores han apuntado, cabe preguntarse: ¿qué ha sido más central para la consolidación del poder de los grupos sociales que normalmente han dirigido nuestro país y que siguen dominándolo con la chulería, el despotismo y las escasas formas de siempre? ¿El 23-F? ¿La subordinación del PCE en 1977, por supuesto realismo político, por discutible principio de realidad, aceptando bandera franquista, himno chunga pachunga recientemente silbado, e institución monárquica, todo incluido, todo en uno? ¿Acaso las enormes concesiones obreras de los Pactos de la Moncloa tras el convencimiento de las grandes organizaciones sindicales de aquel período de que había que arrimar el hombro (2), ayudar entre todos a salir del país del marasmo, con el efecto de siempre: unos cantan alegres, felices y entusiastas el coro de La Traviata y otros entonan compungidos y con lágrimas el Réquiem de Fauré? ¿Y qué pensar de las primeras y duras reconversiones industriales del gobierno PSOE, sin ningún temblor en el horizonte ni en pulso de un gobierno que había prometido cambios y más cambios sustantivos en la política del Estado? ¿La ideología neoliberal importada, generalizada y promovida en nuestro país no por fuerzas de la derecha conservadora, sino por fuerzas de la derecha algo más civilizada, es decir, por el PSOE–PSC y CiU principalmente? ¿Recuerdan ustedes aquellos cantos a la caza de gatos crematísticos sin importar procedimientos ni cualquier otra consideración humanista? ¿Fueron los secuestros y asesinatos de Estado perpetrados desde cloacas teledigiridas desde instancias que lavan blanco, muy blanco, con jabón muy negro? ¿Y las contrarreformas laborales asentadas años después por un partido que dice ser de izquierdas, con el decidido apoyo del nacionalismo conservador catalán, y que han transformado las clases trabajadoras de este país hasta límites impensables años atrás? ¿Acaso podemos olvidarnos del significado que tuvo para la izquierda y sus finalidades básicas el referéndum, el engaño, los anuncios falsarios, la insidiosa manipulación de gentes obreras, la derrota otánica, la primera vez en la Historia si no ando errado que una ciudadanía vota mayoritariamente a favor de la permanencia en una alianza militar agresiva que no se andaba con simplezas, ni entonces ni tampoco ahora, en temas de amenazas nucleares y de ataques, digamos, convencionales?

    No sabría responderles sin horas de estudio (y de ira) y no creo que los historiadores forzosamente piensen que el momento central del desaguisado, de la total y casi definitiva inflexión por el momento en la correlación de fuerzas, fue el 23-F. O, como mínimo, aceptémoslo, no fue sólo el 23-F.

    Pero, sin duda, ayudó. ¿Por qué? Por muchas razones. Una de ellas, no secundaria en mi opinión: hubieran tres golpes en marcha, dos diferenciados pero complementarios, o uno con tendencias, una de las propuestas, la supuestamente más civilizada, parecía contar con el apoyo, siempre negado, acaso forzado, del PSOE y de un sector del PCE probablemente llevado por la corriente, la correlación de fuerzas y un supuesto, reiterado y mal entendido principio de realidad. El gobierno de concentración que iba a presidir el general Armada -sobre cuya supuesta cara amable se ha exagerado hasta el delirio acaso por comparación con el lado oscuro de la Fuerza, es decir, de un general franquista hasta la médula y la aorta y tricúspide llamado Milan del Bosch, que también era juancarlista desde luego-, el anunciado gobierno Armada, decía, contaba según todas las fuentes informadas con ministros de esas fuerzas políticas que acabo de citar. Uno de los ministros, no creo equivocarme, iba a ser el político profesional que actualmente es Defensor del Pueblo. El representante del PCE-PSUC, por razones que ustedes comprenderán, prefiero no citarlo.

    No es posible, no era posible, en mi opinión, una salida así sin contar con la aquiescencia de las fuerzas implicadas. Forzada seguramente, cuanto menos en el caso del PCE-PSUC. No estoy diciendo, no quiero decir, claro está, que esas fuerzas estuvieran tras el golpe, pero sí que algunos golpistas, los más “civilizados”, habían dialogado con ellas. Que se había negociado vamos. Si quieren, con la pistola fascista puesta en la sien.

    Recordemos, por lo demás, que el golpe se produce durante la votación del candidato a la Presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo, de la UCD. Suárez, odiado a muerte por lo sectores más franquistas del Ejército, había dimitido semanas antes de formas enigmática y, hoy, no hay duda razonable que separe ambas circunstancias, su dimisión y el golpe o los golpes en marcha son fenómenos con correlación lineal fuertemente positiva.

    Una de las claves para entender la atmósfera de la España de aquellos años, me deslizo hacia la segunda aproximación, son unas declaraciones formuladas poco después de la legalización del PCE, el sábado de aquella semana santa de abril de 1977, apenas cuatro años antes del golpetazo. El comentario: “La legalización del Partido Comunista es un verdadero golpe de Estado”. Insisto: un verdadero golpe Estado la legalización de un partido político, del Partido que, admitámoslo con alegría, más había combatido, aunque no siempre y en toda circunstancia, contra la dictadura nacional-católica-fascista del apenas humano general golpista. ¿Se imaginan la autoría del comentario? ¿Les hago un examen? Lo superarían con éxito, lo han adivinado. La formulación no es, en principio, de ningún dirigente de la extrema derecha golpista sino del señor Fraga Iribarne, el actual presidente fundador del PP, que entonces se las daba de reformista presidiendo la “Coordinación Democrática” de los siete magníficos, de los siete caballeros franquistas del Apocalipsis now.

    Y ya que estamos con el PCE y las declaraciones de aquel ministro franquista que firmó penas de muerte, recordemos que su legalización el 9 de abril de 1977 provocó la dimisión de Pita da Veiga, ministro de Marina, que, por su parte, el Consejo Superior del Ejército emitió una nota en la que manifestaba su acatamiento a la decisión pero su total disconformidad con la legalización. Como cantaron Celtas Cortos recordando a Brecht, no eran buenos tiempos para la lírica ni incluso para la épica.

    Sin exageración a posteriori: el Ejército franquista era la arista esencial del Estado, un ejército absolutamente político; una parte sustantiva del Ejército, y no sólo entre el generalato o los círculos de máxima jerarquía, estaban en contra de las libertades democráticas; Franco seguía siendo un héroe, el gran héroe de la cruzada y el alzamiento para ellos; la guerra civil se había ganado contra quienes se había ganado y lo máximo que estaban dispuestos a aceptar eran unas reformas moderadísimas que en ningún momento pusieran en cuestión su inmenso poder, los principios normativos del régimen anterior, el centralismo estatal la sal tóxica de su tierra. Un ejemplo entre muchos otros para ilustrar la anterior afirmación: en noviembre de 1978 tuvo lugar la desarticulación de la Operación Galaxia, una intentona golpista que tuvo como principal responsable a Antonio Tejero. ¿Les suena? El señor Tejero fue condenado a 7 meses –insisto: siete meses- de prisión. Luego a la calle, a seguir con sus cosas. Paz y gloria.

    ¿Qué país era aquel, podrán preguntarse? Pues un país en el que el dictador fallecía de la misma forma en que se había encaramado al poder: asesinando. El 27 de septiembre, dos meses antes de su muerte, la dictadura había ejecutado a cinco luchadores antifranquistas, Otaegui y Txiki entre ellos. Yo estuve en el entierro de este último. No éramos muchos los que bajamos a la ciudad y estuvimos saltando todo aquel domingo en Ramblas y alrededores hasta que el número de policías era notablemente mayor que el número de manifestantes (Por cierto, Otaegi y Txiki tenían una plaza con su nombre en un pueblo de Euzkadi. Hace poco cambiaron el nombre de la plaza, les acusaron de terroristas. La cuestión, la ensidia, no es baladí. Si el argumento vale para ellos, los maquis fueron terroristas y los resistentes armados franceses contra el nazismo también fueron terroristas. ¿Argumento erróneamente?).

    De aquellos barros vinieron otros lodos. Un primer gobierno Arias netamente continuista, con el Rey en la Jefatura del Estado y con los crímenes de Vitoria que nunca han sido reconocidos como lo que fueron, estos sí, actos de terrorismo de Estado, con Fraga Iribarne, ausente ese día, como ministro del Interior, pero que tuvo la cara dura y alargada, junto con Martín Villa (quien por cierto tiempo después acusó a las víctimas y a las organizaciones obreras de provocadoras) de ir a visitar a los heridos. Algunos familiares no les recibieron; otros les preguntaron alarmados si venían a rematarles.

    Luego vino el cambio de Arias por Suárez. Algunos, Ricardo de la Cierva entre ellos, hablaron de inmenso error. Suárez había sido secretario general del Movimiento, el partido del fascismo español. Suárez, admitámoslo, actuó con inteligencia: exitoso referéndum sobre reforma política a finales de 1976, tratamiento con guantes de seda al PSOE, pacto con el PCE que significó la pérdida sin apenas restos de algunas motivaciones básicas de la organización y un claro desconcierto; la formación de un partido “centrista”, separado del franquismo endurecido, desde instancias gubernamentales, y la publicitaria construcción, uno de los ejes del imaginario de la transición que más ha persistido, que la voluntad del monarca y la habilidad de su presidencia, de la presidencia de Suárez, fueron esenciales para el cambio, para un cambio en el que, se añade, el comportamiento y la prudencia del pueblo español fueron ejemplares. Una apología declarada de la sumisión civil.

    Por lo demás, las cortes, que no fueron constituidas con tal motivo, fueron cortes constituyentes. No es momento para entrar en el análisis de la Constitución de 1978 pero, básicamente, cabe señalar que sus artículos más democráticos y sociales son, hasta la fecha, papel mojado para decorar casas los domingos y días de fiesta, y sus aspectos más antidemocráticos, las concesiones más claras de las izquierdas institucionales al poder, a los poderes fácticos decíamos entonces con razón, son las normas y artículos que de cuando en cuando son usados o nombrados para lanzar insidiosos panfletos derechistas.

    Además de ello, la Constitución de 1978 consagra la economía de mercado, el papel vigilante del Ejército (cuyo papel coactivo durante la elaboración del texto constitucional es de todos conocido), la consideración especial, irresponsable y antidemocrática del Jefe del Reino de España, la unidad de la España-araña, no admite el derecho a la autodeterminación y, claro está, consagra la Monarquía, una institución no democrática, como forma de Estado.

    Pero todo ello no fue suficiente, no era suficiente para las fuerzas más antidemocráticas, más franquistas, más fascistas. El país estaba inmerso en una larga crisis económica que, esta vez sí, conllevaba en algunas zonas fuertes resistencias obreras, resistencias en las los intentos de autoorganización y autonomía no estaban ausentes. Pero, sinceramente, no creo que esta arista exaltase mucho los ánimos del humus del golpismo, si bien algunas voces empresariales insistían en lo que suelen insistir día sí, otro también: control de los desmanes obreros, reformas laborales radicales, disminución de los salarios, abaratamiento del despido, mayor flexibilidad de los contratos, externalidades generalizadas, etc.

    Estuvo desde luego la irrupción de la vindicación de los derechos nacionales. La masiva manifestación del 11 de septiembre de 1977 en Catalunya no fue vista con ojos emocionados por los grandes poderes que, todo hay que decirlo, maniobraron con rapidez con la jugada Terradellas, el único vínculo institucional del nuevo Estado con aquel añorado Estado republicano que fue asaltado, derrotado y liquidado. Y estaba, claro está, la presencia de ETA, sus fuertes apoyos ciudadanos y de sus atentados, centrados en aquellos momentos básicamente en miembros de la Jerarquía del Ejército. De hecho, como es sabido, la estrategia de ETA pasaba por tensar la cuerda, por provocar reacciones golpistas, por dejar patente que en última instancia el Estado seguía cantando la misma melodía autoritaria y centralista. Esto fue, en mi opinión, uno de los vértices principales que aceleró el proceso golpista. No digo que fuera condición sine qua non. Pero recuerden el grito de guerra de la extrema derecha españolista: antes España roja que rota. Para que admiten aunque sea el hipótesis falsaria la posibilidad de rojez en su cortijo azul, imaginen ustedes el odio que pueden sentir por todo aquello que ponga en cuestión la idea, su idea, de España-nación-única-de todos los españoles.

    (Por lo demás, entre paréntesis, la ETA de entonces no era para la izquierda lo que ha sido años después. El asesinato de Yoyes, el atentado de Hipercor, fueron los acontecimientos que debilitaron los sentimientos de simpatía de la ciudadanía de izquierdas. Pero no hay que olvidar que la muerte de Franco se había producido en 1975, el golpe se produjo en 1981 y que durante esos seis años, el prestigio de ETA como luchadora antifranquista seguía incólume, o casi, entre amplios sectores de la ciudadanía).

    Hubieron, desde luego, movimientos internos en la UCD que desde un punto de vista político creaban inquietud entre algunas figuras y altas instituciones. Les recuerdo algunos de ellos: dimisión del ministro de Cultura, Manuel Clavero, el 15 de enero de 1980; remodelación del gobierno UCD el 3 de mayo; moción de censura del PSOE los días 28-30 de mayo, seguida con expectación por gran parte del país; dimisión del vicepresidente del Gobierno, Fernando Abril Martorell, el 22 de julio; nueva remodelación gubernamental en septiembre; elección en octubre de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón como portavoz del grupo parlamentario centrista, que era en aquel momento candidato alternativo a Santiago Rodríguez-Miranda, el candidato promovido por Suárez (Entre paréntesis les señalo que la actuación política del señor Herrero del Miñón, el contertulio de la SER, más allá de la historia rosa que nos suele contar desde instancias interesadas, pone cuanto menos la piel de gallina, el corazón en un puño y pinta de blanco rosado, por comparación, las trayectorias maquiavélicas de numerosos dirigentes políticos).

    Luego está, como les señalé, la dimisión de Suárez quien dimite como presidente del gobierno el 29 de enero de 1981 tras una intervención televisiva que pone en un vilo al país. El 1 de febrero, el Colectivo “Almendros” publica en El Alcázar, un diario de la extremísima derecha leído con devoción en casi todos los cuarteles y oficinas del Ejército, se lo puedo confirmar por experiencia propia, un artículo golpista sin disimulo. Del 2 al 4 de febrero, los reyes viajan al País Vasco y visitan la Casa de Juntas de Guernica, donde los diputados de HB les reciben como se merecen. El 6 de febrero, aparece asesinado el ingeniero de la central nuclear de Lemóniz, José María Ryan. Entre los días 6 y 9 de febrero tiene lugar el II Congreso de UCD en Mallorca, donde es elegido como presidente del Partido el entonces ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, y al día siguiente, Leopoldo Calvo-Sotelo es nombrado candidato a presidente del Gobierno.

    El 18 de febrero Calvo-Sotelo, que falleció por cierto años después en extrañas circunstancias, presenta su gobierno. En la votación del 20 no obtuvo la mayoría necesaria para la investidura. Debía producirse una nueva votación el 23, donde bastaba con la mayoría simple. El día fue elegido por los golpistas para perpetuar el golpe de Estado. A las 18:21 horas, cuando iba a emitir su voto el diputado del PSOE Manuel Núñez Encabo, Tejero y sus muchachos entraron en el congreso, con sus gritos, sus metralletas, sus todos al suelo y el que “se callen coño” y argumentos similares. La operación la llamaron “Duque de Ahumada”, en honor del fundador de la Guardia Civil, el benemérito cuerpo tan bien retratado por el poeta andaluz asesinado. Como recuerdan, dicho sea en honor de la verdad, Gutiérrez Mellado, el vicepresidente militar, se enfrenta a los golpistas, y Suárez y también Carrillo, gesto usualmente olvidado de forma interesada, no se tiran al suelo. Les recuerdo, por lo demás, que la señora Thatcher calificó el asalto de acto terrorista pero que el Secretario de Estado norteamericano, el general Alexander Haig, durante la presidencia de aquel mal actor terrorista llamado Ronald Reagan, se limitó a decir que el asalto al Congreso de los Diputados era “un asunto interno de los españoles”.

    El Estado Vaticano, tan prudente él, no realizó declaraciones de condena hasta el día 24, cuando el golpe había fracasado en primera instancia. Según ha contado Santiago Carrillo, un miembro de la Asamblea Episcopal, que no era obispo sino un cura, intentó conseguir que ese mismo día la asamblea hiciera una declaración contra el golpe y a favor de la Constitución. ¿Lo logró? Efectivamente, no tuvo ningún éxito.

    Grimaldos, periodista usualmente informado, ha señalado que en el 23-F está implicada directamente la embajada norteamericana y el jefe de la Estación de la CIA en España. ¿Por qué? Porque Adolfo Suárez se les había ido de las manos. Fue, claro está, también él, un hombre de los norteamericanos pero con fecha de caducidad. La fecha había sido superada

    El poder es así, Suárez le había cogido gusto al poder y se desmarcó de la senda marcada por EEUU. Tuvo sus veleidades tercermundistas como ir a la Cumbre de Países no Alineados en Cuba, había hablado bien de Gadaffi… Se les había ido de las manos y no estaba muy dispuesto a quitarse de en medio

    Queda desde luego la trama civil. Estas intentonas suelen tener muy en cuenta los apoyos económico-financieros, y no es imposible que fueran financiadas por destacadas fuerzas vivas del país. Sé poco sobre eso y creo que se ha investigado poco también.

    Déjenme acabar con una consideración alrededor de o sobre los alrededores del 23-F. ¿Qué hizo la izquierda comunista, la denominada no siempre con buena intención “izquierda radical” en esas circunstancias? Poco, muy poco. No era fácil desde luego. En Catalunya, los pocos ciudadanos que fueron capaces de enfrentarse, con mayor o menor acierto, estaban la mayoría de ellos en las filas del PSUC. Alfredo Clemente, un líder obrero barcelonés, merece ser citado. No debería habitar el olvido sobre él ni sobre su comportamiento y el de tantos otros militantes comunistas obreros catalanes.

    Los que estábamos entonces en partidos de la extrema izquierda, en mi caso en el MCC, no supimos qué hacer. Yo estaba en la facultad, salí de clase, fui al bar, di gritos de resistencia desde una mesa, apunté enrojecido que había que resistir y parar el golpe. Las gentes, mis compañeros, me miraron extrañados. Con razón. No me hicieron ningún caso desde luego.

    No teníamos planes, no sabíamos cómo intervenir en un caso así, a pesar de haber hablado sobre ello en reuniones y congresos. Cuando horas más tarde escuchamos las palabras del Jefe del Estado, cuando intuimos que la situación parecía no ir a mayores, nos derrumbamos. En mi caso, literalmente, me derrumbé.

    No se nos pasó el miedo. Pero al día siguiente fuimos capaces de levantar alguna concentración, algunos paros.

    Los días, las semanas posteriores, los meses venideros, estuvieron llenos de malos presagios. No eran inventos ni locuras nuestras. Teníamos motivos para estar preocupados.

    Es importante, muy importante, que en estos asuntos, y en casi todos por lo demás, no solo reine la palabra y las buenas intenciones sino también la acción, la acción prudente, organizada y rebelde. Y no es fácil. También esa es, yo no la descartaría, una de las tareas que tenemos por delante aunque el fascismo español, europeo, ostente hoy ropajes más elegantes. No llamo a la Bestia, no me entiendan mal. Simplemente digo que la Bestia ronca con sonidos desagradables, duerme vigilante y que, a veces, cuando la situación lo requiere, se despereza y extiende sus garras y nadie hasta ahora ha demostrado que yo sepa que no pueda despertarse enrabiada y con sangre en los ojos en tiempos futuros.

    Addenda: Y permítanme finalmente que recordando que también Benedetti, el bendito Mario Benedetti, paseó por estos lugares, contempló este mar cercano y fue amigo de muchos amigos, yo ahora le recuerde a él, con todos ustedes, diciendo uno de sus poemas, reconociendo agradecido, una vez más, que él siempre supo como combatir la bestia:

    Me sirve no me sirve

    La esperanza tan dulce

    tan pulida tan triste

    la promesa tan leve

    no me sirve

    No me sirve tan mansa

    la esperanza

    La rabia tan sumisa

    tan débil tan humilde

    el furor tan prudente

    no me sirve

    No me sirve tan sabia

    tanta rabia

    El grito tan exacto

    si el tiempo lo permite

    alarido tan pulcro

    no me sirve

    No me sirve tan bueno

    tanto trueno

    El coraje tan dócil

    la bravura tan chirle

    la intrepidez tan lenta

    no me sirve

    No me sirve tan fría

    la osadía

    Si me sirve la vida

    que es vida hasta morirse

    el corazón alerta

    si me sirve

    Me sirve cuando avanza

    la confianza

    Me sirve tu mirada

    que es generosa y firme

    y tu silencio franco

    si me sirve

    Me sirve la medida

    de tu vida

    Me sirve tu futuro

    que es un presente libre

    y tu lucha de siempre

    si me sirve

    Me sirve tu batalla

    sin medalla

    Me sirve la modestia

    de tu orgullo posible

    y tu mano segura

    si me sirve

    Me sirve tu sendero

    compañero.

    Anexo: Intervención de Manuel Sacristán sobre el golpe del 23-F.
    Barcelona, Centre de Treball i Documentació
    Trascripción: Salvador López Arnal
    Fecha: Principios de marzo de 1981.

    No hay apenas dudas de que uno de los sucesos de mayor trascendencia política durante los primeros años de la denominada “transición democrática” hacia el binomio de la alternancia -con ayudas, si necesarias, de los varios nacionalismos periféricos- y el pensamiento único neoliberal, fue el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

    Hubieran tres golpes en marcha (tesis defendida por el teniente coronel Javier Fernández López: Diecisiete horas y media. El enigma del 23-F, Taurus Madrid 2000), un sólo golpetazo, o tres en uno, no está nada claro que la intentona fuera un fracaso, no hubiera pacto “entre caballeros” y careciese de repercusiones políticas. Entre ellas, cabe citar por ejemplo la LOAPA, la integración en la OTAN, una mayor parálisis de los movimientos obreros y cuidadanos y, en el medio plazo, una concentración del voto de izquierda en el PSOE en las elecciones de noviembre de 1982. De la trama civil poco se ha sabido; de la militar seguimos sabiendo, probablemente, la punta del iceberg. Pocos días después de la frustrada intentona tejerista-fascista, se convocó en el CTD (Centre de Treball (Trabajo) i Documentació) de Barcelona un debate sobre la situación política post-golpe en el que participó, entre otros, Manuel Sacristán Luzón (1925-1985).

    En el Centre existe una grabación de la sesión. Lo que sigue es la transcripción de la intervención inicial de Sacristán, así como de sus comentarios en el coloquio. Las breves notas intentan dar sucinta información sobre asuntos de la época que el tiempo -posiblemente con buenas razones- no haya acuñado. * Yo he asistido ya a varias discusiones sobre el golpe del 23 de febrero y he de decir que todas son bastante deprimentes. La que tuvimos el sábado por la mañana, en un círculo de amigos que hacemos una revista [mientras tanto], fue calificada, con mucho acierto, más que sentido del humor aunque tiene bastante, por uno de nuestros amigos, por Víctor Ríos (1), como una coordinadora de angustias. Y, efectivamente, es lo que ocurre en estas reuniones sobre el golpe. En ellas solemos intervenir gente sin partido y algunos de partido. La gente sin partido, por regla general, solemos ponernos analíticos. Como en realidad ya recibimos nuestro merecido hace años, a saber, ya sufrimos bastante trauma el día que salimos de nuestros partidos al cabo de más o menos decenios de estar en ellos, pues parece que hayamos desarrollado una cierta capacidad estoica de ir analizando lo mal que vamos desde siempre (2). Los que representan partidos en esas reuniones suelen intentar echar al asunto un poco de euforia que resulta tan increíble que al público todavía le detiene más que el análisis pesimista de los sin partidos.

    Sospecho que esta reunión de esta noche va a ser igual de deprimente que todas. Razón por la cual tengo cierto resentimiento contra el Centre [CTD] y contra mí mismo por habernos convocado aquí a sufrir durante un par de horas más de las varias que vamos sufriendo en estas reuniones.

    Diréis, ¿por qué has venido, por qué he venido con esa convicción? Por modestia, porque tengo la esperanza de ver si me equivoco y llevan razón la comisión directiva del CTD cuando piensa que lo que hay que hacer es insistir mucho, hacer varias sesiones, seguir hablando de esto. A lo mejor es verdad, a lo mejor estas coordinadoras de angustias refuerzan una cierta voluntad de resistencia. Vamos a ver.

    En todo caso, he venido a decir muy pocas palabras de entrada. Si hay discusión ya veremos si resulta más deprimente o más eufórica. Y algunas de las pocas palabras que quería decir además están ya dichas. Sobre todo las palabras de partida: el golpe, llegue o no a ser lo que Pep Subirós (3) acaba de llamar golpe blando logrado, por lo menos es evidente que refuerza la derechización del país. Como está a la vista de todo el mundo, no pienso haceros gastar un minuto más en ello.

    Vale la pena recordar que en medio de esa derechización, los partidos de la izquierda parlamentaria se echan resueltamente a la derecha. La verdad es que no lo digo por interés en criticarlos, que a estas alturas es ya materia demasiado digerida. ¡Para qué vamos a ponernos ahora a criticar recientes tomas de posición! No vale la pena. Más interés tiene darse cuenta de la honrada convicción con que lo hacen. Por lo menos las declaraciones que yo he leído hasta ahora, a mí me dejan poca duda -ya me diréis si pensáis que me equivoco- acerca de que no se trata de oportunismo en un sentido trivial, sino de oportunismo en un sentido muy profundo, es decir, están completamente convencidos de que hacen lo que tienen que hacer al capitular integralmente, al presentar una capitulación total, no ya sólo acerca de lo que se ve – que lo que se ve es fundamentalmente el problema de las autonomías y el problema de los derechos individuales-, sino, recordarlo, sobre aquello de lo cual ya ni se habla, a saber, que los partidos de la izquierda parlamentaria eran partidos del cambio social, eran partidos en cuya tradición y en cuya ideología estaba inscrito el cambio social al que, normalmente, en épocas con menos pudor y con menos desastre, llamábamos “revolución”. Pero no voy a seguir poniéndome camp. Después de haber usado la palabra “revolución” por una vez, basta.

    La gran convicción con que se echan a la derecha tiene mucho que ver, creo yo, no sólo con la situación nacional, nacional española, estatal quiero decir, sino también con la situación internacional, con el mundo de los Estados. Cuando uno dice, o cuando un dirigente de esos partidos, en este caso Santiago Carrillo (4) (como no lo menciono con ningunas ganas de ofender, sino simplemente de mencionar, no tengo por qué ocultar el nombre), cuando insiste en que no hay más política que la que él hace, hay que reconocer que está diciendo una cosa que, sea toda la verdad o parte de la verdad, es por lo menos demasiado impresionante, porque ninguno de nosotros sabríamos oponer -esto es verdad, como él insiste mucho- una política práctica, para realizar mañana, con implicaciones parlamentarias y en el ámbito de poderes centrales o territoriales, o que los englobara todos, distinta de la que hace. El problema es entonces qué ocurre con la tradición del cambio social, con la tradición revolucionaria de la izquierda social, que es el asunto al que me quería referir en estos pocos minutos en que voy a usar la palabra.

    La verdad es que la primera impresión que uno tiene es que en estos momentos el cambio social está en manos de las fuerzas objetivas y subjetivas que dominan la crisis. Quiere decirse: empieza a dar la sensación, incluso a escala mundial y no sólo española, que quien está dominando el cambio social que se avecina son las viejas clases dominantes, en una recomposición interesante, en la que los ejércitos tienen mucha más importancia que antes, como lo sugiere la nueva política norteamericana, por ejemplo, o el hecho recientemente revelado de que contra lo que se creía también el ejército federal alemán tiene entre sus activos un despliegue nuclear ya hoy, a pesar de que oficialmente todavía es un ejército desnuclearizado, etc. Con esta novedad -de que la recomposición de las clases dominantes el factor militar juega un papel directo político que tal vez no jugaba hasta ahora-, se puede decir que es el viejo conjunto de clases dominantes el que está gestionando el cambio social que viene a través de la recomposición del capital fijo, de la división internacional del trabajo, de cosas como la gran ofensiva nuclear que estamos viviendo otra vez después de unos años en que estuvo en sordina para hacer frente a la resistencia popular, las otras revoluciones tecnológicas, el paso de industrias ligeras a la periferia imperial, en fin, todas estas cosas que no es cuestión de intentar detallar ahora sino que sería más propio de un análisis económico con detalle que yo no puedo hacer, pues digo que da la impresión de que el cambio social está integralmente en manos de estas fuerzas, fuerzas en sentido objetivo -esas nuevas características de recomposición de la división internacional del trabajo- y fuerzas en sentido subjetivo, es decir, las viejas clases dominantes con un nuevo ascenso de los ejércitos en ellas.

    Entonces, en mi opinión, de esa perspectiva tan desfavorable hay que arrancar, de esa ambiente internacional y español hostil a las motivaciones de la izquierda social. Por lo tanto, hay que arrancar (…) partiendo de la convicción de que lo que nos espera es una larga travesía en el desierto. Seguramente me ayuda en eso la edad: ya no tengo pelos en la lengua y estaría dispuesto a decir que empieza a ser razonable pensar que la gente de la izquierda social de mi generación no vamos a ver ya un cambio positivo. Hasta ese punto creo que vale la pena convencerse al menos subjetivamente para estar preparados. Yo creo que la gente de mi edad, de aquí hasta su muerte, vamos a estar en esta situación de derrota, con mayores o menores cambios, y que es la gente más joven la que acaso pueda pensar en otra cosa. Pero para que la gente más joven pueda pensar en otra cosa me parece absolutamente necesario admitir, como dijo Lukács poco antes de morir por cierto, que hay que partir de como si estuviéramos en 1845 o 1846, y eso quiere decir muchas cosas negativas y también positivas. Hay que empezar por una autoafirmación moral. Saber que en medio de esta espantosa derrota material, de todos modos, lo que ofrecen quienes están rigiendo el cambio social en estos momentos, no es más que la exacerbación de los horrores que estamos viendo, la exacerbación del hambre en el tercer mundo, del desarrollo de tecnologías destructoras del planeta, etc, sin olvidar el punto del etcétera que más importa, a saber, la amenaza de Guerra (5).

    Los únicos valores positivos siguen estando donde estaban, en esa izquierda social por derrotada que esté. Desde esos valores hay que volver a empezar otra vez como si hubiéramos perdido, que de hecho la hemos perdido -disculparme la brutalidad de viejo con la que he decidido hablar esta noche aunque sea brevemente-, como hemos perdido lo que empezó en 1848. Si se tiene en cuenta que el único lugar donde hay en estos momentos en Europa un movimiento obrero importante es Polonia, está dicho todo (6). El único movimiento obrero importante del continente en estos momentos es un movimiento que se levanta contra las versiones tópicas, triviales, de lo que empezó en 1848 como una esperanza. Reconocer este hecho con los dos ojos es darse cuenta de dónde hay que empezar.

    El lado positivo de todo esto sería que, si hay que empezar como en 1847, entonces habría que empezar como si no estuviéramos divididos en las distintas corrientes del movimiento de renovacion social, como si todos fuéramos socialistas, comunistas y anarquistas, sin prejuicios entre nosotros, volviendo a empezar de nuevo, a replantearnos cómo son las cosas, en qué puede consistir ahora el cambio, y, sobre todo, al servicio de qué valores, admitiendo de una vez que lo que hay en medio lo hemos perdido.

    De aquí me saldría -si me permitís dar un último salto de un minuto a la actualidad inmediata- una receta, efectivamente, aunque sea vergonzoso usar la palabra “receta”, pero es así, me saldría la receta siguiente: qué podemos hacer ahora y aquí en un plano que no sea sólo sea el fundamental al que me acabo de referir de la reafirmación moral y cultural (la palabra “cultural” la ha usado varias veces, con intención que yo comparto, Pep Subirós), pues qué podemos hacer además. Creo que lo primero que podemos hacer es pedir urgentemente a los partidos de la izquierda social extraparlamentaria que se fusionen, que se dejen de historias, de que si unos son trotskistas y otros son lo que sean, y que intenten incluso la fusión también con las juventudes libertarias, que se acabe la historia de los grupúsculos y volvamos a empezar desde antes del 48, a ver qué conseguimos hacer. Y si eso no pasa, entonces habrá que decir que la única posibilidad política de apoyo, de refuerzo, de la lucha cultural y moral, sería hacer entrismo, por decirlo con la vieja palabra trotskista, volver otra vez todos a las grandes organizaciones de masa, con un sano escepticismo pero con mucha pasión, para intentar desde ellas algún cambio (7).

    Lo fundamental de todos modos, repito, es saber, para no entrar en desesperaciones fuera de lugar, que, como digo, aunque el cambio previsible esté en manos de las clases dominantes existentes hasta ahora, ellas no ofrecen ningún nuevo valor, los valores serios para una convivencia social, humana, moral, siguen estando en la izquierda. De ese arranque de rearme moral creo yo que hay que partir sin que ello quiera decir que desprecie la receta que he dicho antes, de urgir a las fuerzas que existen en la izquierda social a que se fusionen, a que den pie, a que intenten apoyar orgánicamente el renacimiento del movimiento.

    Coloquio (8):

    Muy lejos de mi el meterme a maestro ciruela. Quiero decir, yo no comparto el capricho, muy frecuente entre intelectuales, de considerar que lo bueno es no estar en un partido. Todo lo contrario. Yo siempre he considerado que es una desgracia.

    También me parecen muy impertinentes y no apecio nada la gente que se levanta desde fuera de los partidos a darles consejos.

    En cambio… Perdón, todavía más reconocimientos. Creo que llevas mucha razón cuando dices que la fusión del PTE y ORT (9) ha sido para restar en vez de para sumar. Sin duda. Lo que yo quiero decir expresándolo como un deseo, y sin la petulancia y la impertinencia de que sea un consejo, era una receta. Algo para tener a la vista y que se podría hacer es que probablemente una de las tareas más fecundas de los partidos extraparlamentarios en estos momentos -extraparlamentarios o también sectores que sean verdaderamente revolucionarios de partidos parlamentarios, lo mismo me da, en este momento no quiero hacer ninguna división sectaria-, pues yo creo que una de las tareas más importantes sería preparar el terreno para un tipo de unidad que partiera de la base de una gran seguridad cultural, o moral, como lo queráis decir, a través de la cual se superara el sentimiento de inferioridad, al que también se refería Pep Subirós, el sentimiento de inferioridad producido por la larga derrota a la que tú también te has referido, que recuperando entonces una moral alta sobre la base de una recuperación, de una nueva toma de conciencia, de la calidad cultural y de la propuesta de futuro que subyace desde siempre en la izquierda social, buscara una nueva forma de unión, no una fusión entre partidos, con las características tradicionales.

    Es muy posible que vosotros, los del MC -en alguna época por lo menos, no sé si ahora-, hayáis estado, visto desde fuera, particularmente bien situados para eso, porque no os ataban ninguna de las grandes tradiciones que pueden determinar patriotismos de partido en el resto de la izquierda marxista. Las franjas revolucionarias del PSUC o del PCE están más o menos vinculados psicológicamente por la herencia de la III Internacional, los camaradas de LCR por la tendencia de la IV. Vosotros tenías una posición ligeramente protagonista y por eso no te negaré que al verte aquí me ha parecido que más seguro todavía que iba a decir el asunto, pero no con ningún ánimo de impertinente consejo, sino como reconocimento o expresión de la convicción de que algo nuevo hay que hacer, si me permitís hablar así de vagamente.

    Notas:

    (1) Víctor Ríos no sólo ha sido coordinador de la presidencia de Izquierda Unida sino que, en aquellos años, era, sin duda, cuerpo y alma, entre otros cuerpos almados, del Centre de Treball i Documentació, centro todavía existente y de indudable valor para los movimientos alternativos (y afines). Se puede ser socio del mismo con relativa facilidad.

    (2) Sacristán fue, como es sabido, dirigente del PSUC y del PCE, desde 1956 hasta 1970, siendo miembro del comité ejecutivo del PSUC entre 1965 y 1970. Pasó a ser militante de base del PSUC a partir de su dimisión de los cargos de dirección y permaneció en tal situación hasta 1977 o 1978. En las primeras elecciones legislativas, pidió públicamente el voto para el PSUC-PCE y en las primeras elecciones al Parlament de Catalunya, su apoyo fue para la candidatura de “Unitat pel socialisme”, formada por grupos de la izquierda revolucionaria de aquellos años (MCC, LCR…)

    (3) Pep Subirós era, en aquel entonces, dirigente de la OIC (Organización de Izquierda Comunista), una de las numerosas siglas situadas a la izquierda del PSUC-PCE.

    (4) Santiago Carrillo, como es sabido, era en aquellos años Secretario General (indudablemente, con germánicas mayúsculas) del PCE y, además, como él mismo y numerosos historiadores y políticos de la época no se han cansado de repetir, uno de los artífices de la “transición política española”.

    (5) Sacristán se refiere en este paso a la posiblidad, nada teórica ni especulativa en aquellos momentos, de una guerra nuclear limitada o no al ámbito europeo. El olvidable actor e inolvidable presidente de la década de los ochenta Ronald Reagan habia hecho declaraciones en este sentido por aquellas fechas.

    (6) Sacristán se refiere al movimiento Solidarnosc, dirigido en aquellos años de forma carismática y, tal vez, ya autoritaria, por el que fuera, posteriormente, presidente de Polonia, el inefable Lech Walesa.

    (7) Aunque no lo parezca, así lo interpreto, Sacristán se está refiriendo a hacer entrismo en el PCE.

    (8) En el coloquio, Ignasi Alvarez Dorronsoro, dirigente por aquel entonces del Moviment Comunista de Catalunya (MCC), intervino para reflexionar sobre lo tratado y para señalar a Sacristán que la tarea era de todos, no sólo de las fuerzas o partidos políticos, sino de intelectuales como él y de grupos como los que podía representar el colectivo de mientras tanto. Lo que viene a continuación es la respuesta de Sacristán a esta intervención.

    (9) PTE y ORT, Partido del trabajo de España y Organización Revolucionaria deTrabajadores, eran dos de los numerosos partidos de la izquierda marxista de la época. Su fusión, después de encendidos debates, no dio los resultados esperados ni fue, desde luego, la mejor de las concebibles.

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