La hora del ‘New Deal’ verde

La hora del ‘New Deal’ verde
Joaquín Nieto.
Fuente: Publico

La conferencia del clima de Poznan estaba llamada a ser una cumbre de trámite hacia Copenhague 2009. En esta cita se deberán acordar nuevos compromisos que den continuidad al Protocolo de Kioto y consigan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma que su concentración en la atmósfera no supere las 450 partes por millón, evitando así que el calentamiento global del planeta supere los 2º C y, como consecuencia, los efectos catastróficos del cambio climático. Por tanto, aunque Poznan ha sido un trámite, los acontecimientos derivados de la crisis económica y financiera le han dado un significado especial.

Las referencias a la crisis han sido continuas, pero no precisamente para frenar la agenda climática, sino más bien al contrario: la gran mayoría de las referencias a la crisis han ido asociadas al Global Green New Deal propuesto por Ban Ki-Moon, quien volvió a reiterar en Poznan su propuesta. Se trata de recuperar la idea de un New Deal como el que puso en marcha Roosvelt en los años 30 para hacer frente a la crisis del 29, pero esta vez el nuevo contrato social tendría un carácter verde, es decir, orientado a la sostenibilidad ambiental. Esa propuesta, bautizada como Green Economy o economía verde –que está basada en el desarrollo de las energías renovables y otras iniciativas para el cuidado del medioambiente–, contempla un relanzamiento diferente de la economía, válido tanto para los países industrializados como para los menos desarrollados, que impulse la creación de millones de empleos ambientalmente sostenibles y socialmente decentes. Otro objetivo es que facilite el acceso a la energía eléctrica a los millones de ciudadanos que hoy no lo tienen, mientras que mitiga los efectos del cambio climático gracias a sus políticas de ahorro energético.

La propuesta de Ban Ki-Moon ofrece una nueva perspectiva al abordar la lucha contra el calentamiento global como una oportunidad que dé salida a la profunda crisis financiera y de modelo económico que hoy sacude a nuestra civilización. Esto consiste en reorientar la actividad económica hacia la economía real para que responda a las necesidades de forma eficiente, suministrando los servicios y productos que la sociedad requiere pero sin el derroche de recursos naturales y energéticos que caracteriza al actual modelo. Algunos de estos cambios han sido percibidos por los propios sectores financieros, que se preparan para los nuevos escenarios: un reciente informe para inversores del Deutsche Bank ha suscitado titulares como: “La economía verde puede salvar la crisis económica” o “La inversión verde puede prevenir una recesión severa”…

En la dirección opuesta, los Gobiernos más derechistas de la UE, como el italiano o el polaco, han pretendido rebajar sus compromisos con la excusa de la crisis, pero no lo han conseguido. La UE ha mantenido lo esencial de sus objetivos para 2020 en materia de medioambiente: un 20% de reducción de emisiones en relación a 1990, alcanzar el 20% de energías renovables desde el 8,5% actual y lograr un 20% de ahorro energético. El aspecto más criticable del paquete climático europeo –las exageradas concesiones hechas a algunos sectores industriales, a los que se les asignarán gratuitamente el 100% de los derechos de emisión de CO2, lo que contradice el principio de “el que contamina paga”– podría y debería ser corregido por el Parlamento en el proceso de codecisión y, en todo caso, no rebajar el compromiso que mantiene su propuesta de llegar al 30% de reducción de emisiones si en Copenhague se alcanza un acuerdo multilateral.

Ahora es el turno de EEUU que, sumido en el proceso de transición presidencial, ha sido el gran ausente de Poznan. De hecho, uno de los principales obstáculos para la agenda climática durante estos años ha sido la Administración Bush. No logró impedir la ratificación del Protocolo de Kioto, pero su rechazo al acuerdo y su negativa a alcanzar nuevos compromisos impidieron cualquier avance significativo. Con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, quien ha afirmado insistentemente la importancia de hacer frente al cambio climático, su apoyo a las energías renovables y el compromiso de reducir las emisiones norteamericanas en un 80% para 2050, llega un nuevo enfoque más esperanzador.

Pero el anuncio de Obama de que su objetivo de emisiones para 2020 se limite a dejarlas como en 1990 está muy alejado de las recomendaciones del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU (IPCC) –que aconseja una reducción de entre el 25 y el 40% para los países industrializados– y es demasiado distante del compromiso de la UE de reducir un 30% si hay un nuevo acuerdo. Es verdad que, como EEUU ha aumentado ya un 16,7% sus emisiones en relación a 1990 –mientras que las emisiones europeas han disminuido el 4%–, es muy difícil que pueda aceptar una reducción de la magnitud de la europea para 2020, dado que situaría sus compromisos de reducción en cerca del 50%. Pero su propuesta actual es inaceptable, pues la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera ha alcanzado las 386 partes por millón, muy cerca de lo estipulado para que se produzca un cambio climático catastrófico. Evitarlo requiere importantes reducciones ya. Tampoco se corresponde con la responsabilidad que EEUU debería asumir teniendo en cuenta que es el principal emisor histórico y, junto a China, el mayor emisor actual, con unas emisiones per cápita de 20 toneladas al año que doblan la media europea, cuadriplican la china y quintuplican la media mundial.

Si Obama no modifica sus planteamientos será muy difícil el acuerdo en Cophenague, pues ni la UE estará dispuesta a un reparto de esfuerzos tan desigual, ni los países emergentes aceptarían contribuir al compromiso si el principal emisor no asume el suyo. El nuevo New Deal no sólo tendrá que ser verde, sino también global.

Joaquín Nieto es Presidente de honor de Sustainlabour, fundación para el desarrollo sostenible

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