Valores y derechos

Valores y Derechos
Antonio Fuertes Esteban
Fuente: Rex Publica Global

No hace mucho, un artículo en el diario “El País” del profesor Daniel Innerarity encabezado con el, para mí, desafortunado título de “cuidado con los valores” argumentaba sobre la necesidad como ciudadanos y ciudadanas de estar alerta ante los discursos públicos que desde los diversos “voceros” priorizan la orientación hacia los valores incluso por delante de la orientación hacia los derechos.

No es mi interés cuestionar el enfoque argumentativo del profesor Innerarity, sino contrastarlo con un enfoque diferenciado, como no podría ser menos ante una realidad compleja que creo que nos obliga a todos a salir de nuestros “moldes teóricos” en beneficio de la práctica. En este sentido quiero argumentar que el relativismo moral actual que se achaca a la pérdida de valores y fruto de la pluralidad y de la complejidad, puede cuestionar no ya “la verdad” que siempre es interpretable y diversa, sino la acción que conduce a todo ser humano a la búsqueda constante de la verdad y cuyo ejercicio ha sido y sigue siendo el motor de la historia mal que les pese a algunos defensores del final de la historia o de las ideologías.

Creo que no es necesario ni útil contraponer o priorizar la orientación de la razón práctica hacia los derechos o hacia los valores, en uno u otro sentido. Del análisis de la realidad actual en el mundo occidental desarrollado podríamos argüir y priorizar valores sobre derechos o bien derechos sobre valores y equivocarnos, todo depende del discurso, el contexto y la forma de vocearlo. Sin embargo estas cuestiones están más claras en los pueblos oprimidos y empobrecidos y en los submundos o cuarto mundo dentro del nuestro donde la reivindicación de derechos significa necesariamente el derecho a la vida a la salud, a la educación.., poca broma, necesariamente allí valores como la libertad, igualdad, solidaridad,…(valores republicanos en principio, ¿se acuerdan?) se orientan hacia derechos fundamentales y no tienen que ver con el marketing en valores al que nos tienen acostumbrados los liberales actuales que programan taxonomías a la medida de cada uno para justificar su ejercicio y amasar su ego o como se dice ahora muy a menudo autoestima (en muchos casos confundida con la autosatisfacción, hedonismo y consustancial al egoísmo).
Con análoga línea argumental que la que establece en su artículo Innerarity y apelando a los derechos también se han desarrollado y justificado acciones de prepotencia occidental, que en realidad han constituido o favorecido auténticos genocidios o desgracias sin fin respecto a aquellos pueblos que no han participado en la redacción de las diversas cartas y declaraciones sobre derechos, aunque algunos (no todos) los hayan firmado. ¿Quiere esto decir que hay que tener cuidado con los derechos? No, si lo explicamos bien quiere decir “cuidado al uso de los derechos”. También podríamos polemizar sobre que derechos priorizar y cuales no tanto en un mundo globalizado asimétricamente como el actual.
Cualquier orientación crítica que trate de influir en la cultura política y que se precie, hoy más que nunca, ha de ser clara a pesar de la complejidad. Pero clarificar también quiere decir a veces huir de la tentación a reducir o limitar (a veces por temor, reduccionismo o , a veces, por interés) las líneas argumentativas sobre la realidad a través del discurso político. La orientación hacia determinados valores ha sido históricamente consustancial a la lucha de los ciudadanos por la conquista de sus derechos. Los valores republicanos de igualdad, libertad y fraternidad, a los que habría que añadir los implícitos ya entonces de justicia social, laicismo y participación política, estaban en la base republicana de la cultura política y orientaban la acción política y cívica ciudadana a la lucha por la consecución de los derechos establecidos en la “Declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano” y en la lucha desde entonces por conseguir y/o mantener en el S XIX y XX los llamados derechos de primera, segunda, tercera y cuarta generación.
La tradición republicana orientaba la acción política desde los valores, la participación de todas las esferas e intereses en el gobierno, la corresponsabilidad y la necesaria existencia de controles que limitaran el poder de los intereses de los más fuertes. Siempre los valores eran necesarios para asentar el fundamento y estabilidad de la Polis, las ciudades Italianas del Medioevo o la estabilidad en las repúblicas Francesa o de EE.UU a finales del S. XVIII. Son los llamados padres fundadores en un caso y Rousseau, Condorcet, enciclopedistas.. etc en otro quienes orientan estas primeras repúblicas modernas en los valores mencionados. Sin embargo la deriva que toman estas repúblicas las va reorientando y resituando y ello a través de la paulatina hegemonía liberal en ellas. Se van priorizando las “banderas” (intereses) sobre los valores colectivos republicanos. Desde esta nueva orientación las Repúblicas modernas se fueron consolidando como democracias liberales y asumiendo valores propios del liberalismo político y económico.
Ante el descrédito de los valores republicanos, al cual no son ajenos los gobiernos de turno, y las diversas interpretaciones sobre ellos, el lenguaje se desvaloriza y corrompe (pierde valor y sustancia original) y se prostituye ( la libertad, igualdad y solidaridad cada vez más las interpreta y define el mercado), no es el mismo mensaje cuando escuchamos hablar de libertad a Nelson Mandela que a George Bush, ni cuando oímos hablar de solidaridad a Amartya Sen que a José Mª Aznar o a Benedicto XVI.
Los grandes valores, que han asentado los derechos, valores democrático-republicanos colectivos, universales e intemporales se banalizan y muchas listas de valores que orientan la acción individual, que no colectiva, adquieren estatus en los “hits parade” al uso. En este contexto no es de extrañar que hablar de valores cree recelo. Sin embargo si la democracia europea ha de establecerse manteniendo su modelo social, este modelo, que efectivamente garantiza derechos individuales, ha de asentar sus raíces más profundas en la filosofía y valores republicanos que garantizan la estabilidad política y el bienestar colectivos y no solo a nivel individual y ello a través del buen gobierno republicano y la participación democrática. En este momento en el que el liberalismo de mercado ataca a la República y sus fundamentos y que los valores del mercado priman sobre los colectivos y sobre los derechos individuales, la defensa política de los valores republicanos es necesaria. Esta defensa es consustancial e indivisible de la defensa de los derechos humanos fundamentales y no solamente eso sino también una garantía de que a la hora de defender estos derechos la acción de gobierno y política en general tengan en cuenta los intereses colectivos y no solo los particulares.
Así que la acción política y democrática de gobierno para ser coherente ha de ser capaz de retomar los valores republicanos y defenderlos, transmitirlos al corpus social. No es lo frecuente en la Europa actual, no ha sido el uso en la redacción del texto para la aprobación de un Nuevo tratado Constitucional firmado en Lisboa y no se propaga como cultura social y política desde los poderes hacia la ciudadanía. Estamos en un momento en que la falta de defensa de los valores democráticos republicanos ha significado la paulatina asunción del tejido social de los valores del mercado. Dentro de la “estructura”, como dirían algunos, la internalización e identificación con estos valores reproduce el modelo en sí, es lo que quieren los propagandistas del fin de la historia, que los ciudadanos asuman los valores del liberalismo de mercado. Como analizó muy bien C.B. Macpherson en su excelente estudio sobre teoría democrática “ La teoría política del individualismo posesivo” la falta de sentido de lo colectivo y la desimplicación de los individuos de la participación política, los aísla y los hace cada vez más súbditos competidores y consumidores, pero no ciudadanos y por ello es necesario abrir paso a la democracia participativa. Los valores fundamentales promovidos por la actual globalización neoliberal, propagada por el capitalismo anglosajón son:
a) el individualismo posesivo, contrario a la solidaridad, al establecimiento de un espacio público y de desarrollo de proyectos colectivos,
b) la competitividad como forma de que los fuertes aprovechen sus ventajas de entrada y en vez promover la colaboración y corresponsabilización, y
c) el consumo irresponsable en oposición al consumo responsable y respetuoso con el planeta y solidario con las futuras generaciones.
Para que la acción de los gobiernos sea responsable, más que nunca hoy hay que recuperar y contemporanizar los grandes valores y no desmarcarlo del discurso social y de la acción política. Estos valores republicanos actualizados son preferentemente entre otros posibles:
– La libertad, entendida como libertad negativa y positiva.
– La igualdad, entendida no solamente como meritocracia o igualdad de oportunidades e igualdad ante la ley, sino también como lucha contra la desigualdad sustancial y a favor de la equidad, como igualdad básica de todos los seres humanos como tales independientemente de raza, sexo, religión, ideología..etc.
– La solidaridad ahora ya universal y no solo nacional, trabajar por un enfoque progresivo de ciudadanía universal es necesario.
– La justicia social, económica y política. Mantener grandes desigualdades no es justicia social, no regular los mercados económicos no es justicia económica, promover guerras o saqueos no tiene nada que ver con la justicia.
– La no violencia, ya que no es un valor moral imponer la razón por la fuerza.
– La diversidad como valor de respeto e igualdad y que interactúa y se nutre mutuamente con esta, “igualdad en la diversidad”. Y el pluralismo como representación en la sociedad y en la política de esta diversidad.
– La participación ciudadana y la profundización democrática, como mayor garantía de que la acción de gobierno se ejerce en beneficio de todos y no solamente de los más poderosos.
– El laicismo, como garantía de que los Estados u otras unidades políticas no priman unas ideas o religiones por encima de otras. Europa y dentro de ella España no deberían de hacer menciones especiales a determinadas creencias, ni favorecer a unas por encima de otras, por ello el Estado ha de actuar como árbitro, pero no como gestor en estos temas que corresponden a credos y/o creencias privados.
– La sostenibilidad. Ya el criticismo de Kant prevenía sobre el desarrollo irresponsable e ilimitado de la razón y el progreso y argumentaba que no todo era justificable en su nombre, que era necesario establecer unos límites. Los derechos democráticos hay que someterlos hoy a la prueba de la sostenibilidad.

El reto de la acción de gobierno desde la izquierda no puede hoy obviar los valores, han de estar muy presentes los valores democrático-republicanos y actuar como guías de su acción política.

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