La hipocresía del dolor

La hipocresía del dolor
Juan Valera
Fuente: Soitu

Dolor. No lo soportamos, pero nos fascina. Y una tragedia como la del accidente de Spanair en Barajas vuelve a desatar el sensacionalismo, la crítica a los medios, el cuestionamiento del dolor, el debate sobre las imágenes y la cobertura de la tragedia, y también la atracción por el dolor de los otros. ¿Compasión? ¿Hipocresía? Un debate que renace y que no debe limitarse sólo a los medios de comunicación.

“¿Cuándo acabará esta película?”, preguntó uno de los niños víctimas del accidente del vuelo JK 5022 al bombero que lo rescataba. “La ilusión es la regla general del universo. La realidad no es más que una excepción”, dejó dicho Jean Baudrillard en su ensayo ‘El asesinato de lo real’. Sin esa ilusión ya adelantada por la caverna de Platón el conocimiento es imposible. Seguramente también la vida. Por eso la mente de ese niño convirtió la tragedia que vivía en una ilusión, tratando de mitigar su impacto en el cerebro.

Pero el dolor es también a menudo un espectáculo cuando el sensacionalismo se ceba. Y no seamos hipócritas, tanto sensacionalismo hay en regodearse del dolor ajeno como en ocultarlo. Las televisiones con sus programas basura son motivo de escándalo fácil y justificado mientras otros sensacionalismos más hipócritas engatusan y pasan más inadvertidos o hasta son celebrados: la mala información y las sospechas infundadas antes de tener datos y razones; la política del morbo, asentada en un exceso de gestos que encubren la responsabilidad y la mala gestión; la propia reacción excesiva de una parte del público a cualquier información que afecte su sensibilidad, o la falta de sensibilidad del Comité Olímpico Internacional prohibiendo las manifestaciones de dolor de los deportistas españoles.

Todos maltratan a la verdad. Todos maltratan a las víctimas. Lo único importante es compartir el dolor y averiguar la verdad de lo ocurrido para mal compensar lo inevitable y tratar de evitar tragedias futuras. Pero la hipocresía de una sociedad aferrada al mito de la seguridad y la huida del dolor es extrema.

El derecho a la intimidad de las víctimas

El juez encargado de investigar la tragedia de Barajas prohibió la difusión de imágenes de las víctimas tomadas por los servicios de emergencias y las televisiones las acataron. La prohibición del juez quiere preservar la intimidad de las víctimas, algo que se debería respetar siempre, como mandan todos los códigos éticos del periodismo. Mitigar el dolor no es un objetivo del periodismo: presentar la realidad con el máximo grado de verificación, sí.

La imposición del juez no debe entenderse como un ocultamiento de la realidad, un efecto que se produce tanto por la ausencia como por la saturación de imágenes y noticias. Las dos estrategias tratan de alterar la realidad. Pero los jueces deben tener cuidado. A menudo la censura previa amenaza la transparencia de la comunicación, obligatoria para empresas de servicios y gestores públicos. Esta vez ha sido fácil controlar las imágenes más terribles y sangrientas porque nadie más estaba en el lugar del accidente. Al contrario que en tragedias anteriores -recuérdese la vergonzosa cobertura del accidente de metro en Valencia en julio de 2006, por ejemplo-, ni los cámaras, ni los fotógrafos ni los propios ciudadanos tuvieron acceso al escenario por las medidas tomadas para evitarlo y por la lejanía del lugar de la tragedia. Así que los testimonios y las imágenes que tanto reclaman los medios ahora que el periodismo ciudadano es parte del marketing se centran en las escenas de dolor de los familiares y allegados.

No hay cadáveres, pero sí dolor. Y, por tanto, sensacionalismo, que no se cauteriza con una gasa para velar la sangre.

Al contrario de un acto terrorista o una guerra, un accidente no convierte a los muertos en cadáveres públicos. Los dos primeros son víctimas de la maldad de otros y su sufrimiento es el mayor testimonio necesario para el repudio y la condena. La sociedad debe ser consciente de ese dolor para reclamar justicia contra los asesinos y para reflexionar sobre su propia responsabilidad. La historia está llena de esa reflexión sobre el dolor y lo cruel, de la tragedia griega a Shakespeare y el Goya de ‘Los desastres de la guerra’, hasta llegar a los vídeos de las torturas en la prisión iraquí de Abu Grahib.

Susan Sontag, que reflexionó a fondo sobre la imagen del dolor en los medios, reconocía al fin de su vida haciendo autocrítica de sus anteriores posiciones que la imagen de las víctimas de las guerras, del Holocausto a Vietnam hasta Sarajevo y Georgia nos sitúan ante el deber moral de detener la masacre.

Las víctimas de accidentes son también a menudo usadas de esa forma: desde los anuncios contra los siniestros de tráfico hasta el carácter vindicatorio e inquisitorial que exhiben algunos medios, políticos y ciudadanos a la búsqueda de culpables.

Donde acecha el sensacionalismo

Todas las víctimas tienen derecho a la intimidad. Y todos los periodistas deberían saber y ser conscientes de dónde está el límite entre la información relevante, incluso para provocar la reflexión del público, y el sensacionalismo. No se evita sólo con la ausencia de vídeos y fotografías. El sensacionalismo está en las horas de programación sin nada que contar, en la redundancia de las preguntas a los deudos de los muertos y heridos más allá del retrato indispensable de los efectos de la tragedia. El sensacionalismo es la codicia de los responsables olímpicos prohibiendo la exhibición del dolor para mantener alejado el negocio del deporte de las tragedias cotidianas.

Sensacionalismo es también el desfile sobreactuado de políticos que nunca son responsables de nada y de quienes hablan de “crisis” manipulando la palabra y tratando de atacar a otros en búsqueda de réditos políticos, más que de subsanar errores futuros. Ese exhibicionismo de minutos de silencio y gabinetes de crisis más allá de una rápida y profunda investigación de lo sucedido y la asistencia a los perjudicados, sometidos a una carrera de compasión obscena por los políticos.

Sensacionalismo es la carrera de tantas webs de medios en teoría serios publicando el último testimonio y acusación sin mayor comprobación o rebuscando el impacto del titular más para aumentar su emotividad que su comprensibilidad.

Unos cuantos muertos en una tragedia en pleno agosto son las mayores víctimas de la hipocresía social. La sociedad, no sólo los periodistas, debe una reflexión a las víctimas.

Para los medios, los criterios, tantas veces repetidos en multitud de códigos y recomendaciones, deberían ser claros: separación de narraciones (con texto o imagen) que aportan elementos y datos sobre la tragedia frente a las que sólo explotan el amarillismo, la abundancia de datos no exime de su comprobación, evitar el ruido de la saturación informativa y la denuncia de deficiencias no redime a los medios de su responsabilidad de no estar atentos antes a los fallos y deficiencias de servicios públicos.

Recomendaciones y guías que muchos otros también deberían observar.

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