Fast science

Fast Science
Sergio Rossi
Fuente: Publico

Salimos de la hamburguesería. Acabamos de comernos una doble con queso con sus patatas fritas y un vaso de cartón de medio litro del refresco que tanto nos gusta. Aunque hemos disfrutado, somos ya muy conscientes de que, a largo plazo, este tipo de comida nos va a sentar mal. En abundancia y de forma desproporcionada conlleva todo tipo de problemas metabólicos, llevando nuestra salud por el mal camino. Pero es rápida, muy asequible y atractiva (la publicidad nos la ensalza como algo muy “in” cocinada con productos sin duda de la mejor calidad). La sociedad puede inducirnos a consumir estos ágapes entre otras cosas porque están hechos a la medida de nuestras necesidades. Algo parecido está pasando con un amplio espectro de la ciencia.

La ciencia se siente como nunca presionada por una sociedad que la está arrollando y, en muchos casos, transformando en un bien de consumo. Y, como tal, debe dar respuestas rápidas a problemas acuciantes; debe ser fashion y estar en la onda; debe amoldarse a las leyes del mercado. El tren cada vez marcha más rápido y los grupos científicos se ven atropellados por una situación de competitividad y de ansia de resultados rápidos como nunca antes se habían visto. La ponderación, la observación y en muchos casos también ese escepticismo propio de la comunidad científica se están viendo envueltos en un manto que nos dirige hacia una ciencia muy dedicada al problema puntual, a la respuesta rápida, a contestar a problemas de forma a veces poco reflexiva.

Es la fast science, la ‘ciencia rápida’. Ciencia a veces muy mediatizada, que no tiene ánimo de vivir durante largos períodos sino sencillamente decir algo así como: “Yo llegué primero, yo lo descubrí; por favor, sigan financiándome”. La propia sociedad, de la que los científicos sólo somos una pieza más del engranaje, teje sus redes con las que nos atrapa, creando desasosiego e impaciencia. Y se pierde la perspectiva. En algunos temas más que en otros, pues no todas las ramas del frondoso árbol de la ciencia llevan el mismo ritmo. Cambio climático, mejoras genéticas, optimización de materiales para telecomunicaciones o estudio de enfermedades humanas (por dar cuatro ejemplos) aprietan fuerte, obligando a algunos colectivos científicos a mirar a su lado para comprobar que el equipo competidor está unos centímetros por detrás antes de llegar a la meta. Se produce una cantidad tal de datos, de hipótesis, de experimentos, que ni los grupos especializados son capaces de recolectar, masticar, digerir y asimilar de forma adecuada. Imposible estar actualizado en todo y de todo en tu propio campo, en tu propia especialidad. Ni siquiera los grupos más potentes, que pueden tener a personas dedicadas a la labor de buscar mediante herramientas eficaces los últimos avances, pueden controlar ese desbordamiento de información. Información mezclada, en la que estudios ponderados, reflexivos y muy bien acabados se unen a los mediocres, presurosos y sin perspectiva. Difícil discernir, difícil poder centrarse sólo en los mejores o los más adecuados.

Todos los científicos sabemos que a largo plazo ese tipo de ciencia perjudica más que ayuda a avanzar. Pero si nos apartamos de la carrera por completo, las posibilidades de sobrevivir son mínimas. La fast science revolotea y es tentadora y si, además, nos brinda el aliciente de hacer algo que luego tenga un impacto mediático suficiente como para salir en la portada de una revista, periódico o, mejor aún, en la tele, corremos a ser los primeros en evidenciar nuestro éxito. Quizás efímero, pues dos o tres años después nadie se acordará de un resultado a veces tan apresurado que la propia rama especializada dejará de lado para continuar en su avance. Los científicos nos damos cuenta de que esta actitud es irresponsable, más aún: peligrosa. En el momento en que grupos de presión dicten las directrices y los tiempos de ejecución en determinados temas, los científicos podemos vernos atrapados en un callejón sin salida, en el que lo único que valdrá será mirar hacia adelante y seguir en esa dirección como locomotoras poco reflexivas y con una capacidad de perspectiva casi nula: la ciencia atrapada en la propia dinámica de consumo, como algo necesario pero sólo en aquellos casos en los que su utilidad sea manifiesta o quede bien en el escaparate.

Por supuesto que la mayoría de los equipos tratan de evitar esta vorágine, pero alejarse de los patrones establecidos es difícil: “publish or perish” (publica o perece) es la máxima que nos persigue, que nos atosiga, que nos recuerda que el camino es producir, a veces a toda costa, sin grandes miramientos. Por suerte, poco a poco se está creando un sistema más horizontal de conocimientos, en el que los especialistas tratan de combinar sus esfuerzos en diferentes campos para tener una perspectiva más amplia, un foco plural que permita desacelerar, sin detenerla, la máquina científica. Geólogos se unen a físicos, a biólogos y a químicos para, en conjunto, dar respuesta a un problema concreto de oceanografía. Médicos, bioquímicos, matemáticos y sociólogos aúnan conocimientos para crear un modelo epidemiológico sólido, consistente. La máquina del progreso científico siempre ha sido imparable, pero si no cuidamos bien los roles fundamentales y esa perspectiva amplia y seguimos acelerando como venimos haciendo durante estas últimas dos décadas, el riesgo de descarrilar aumenta de forma inaceptable.

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